Jacob y Raquel.

La narración de los conflictos entre Esaú y Jacob cede el paso al ciclo de historias sobre las peripecias iniciales de la vida de Jacob, que, sin mayores problemas, pasa de Betel a Jarán, tierra de sus ancestros. Casi en paralelo con la suerte del criado de Abrahán, que encontró con extraordinaria facilidad a la que sería la esposa de Isaac (cfr. 24,1-67), Jacob conecta rápidamente con la misma parentela; su tío Labán será su suegro. Esta cercanía de parentesco no es garantía para Jacob, quien será víctima del engaño del padre de Lía y Raquel (23-29). Esta sería la contrapartida –retribución– del engaño que, a su vez, protagonizó el propio Jacob cuando, ayudado por su madre, robó la bendición que correspondía a su hermano Esaú. Con todo, la acción de Labán es implícitamente repudiada y tiene su justa compensación en 31,22-54, donde de nuevo hay una manifiesta predilección de Dios por Jacob sobre cualquier otro habitante del lugar. Mediante este recurso narrativo, la Biblia establece de manera definitiva una ruptura total de la nación judía con todo ancestro arameo de Mesopotamia.

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