En el pueblo de Israel hay una conciencia de su origen diverso. Pese a que todos proceden del mismo padre, no todos poseen la misma madre; de ahí la importancia que tiene para los redactores resaltar el origen materno de cada uno de los que serán padres de las doce tribus de Israel. Casi en la misma línea de pensamiento de Labán, de casar primero a la hija mayor, el redactor resalta que es precisamente Lía, la hermana mayor, quien fecunda, quien primero empieza a concebir y a dar cuerpo a la promesa sobre la descendencia.
Raquel ve con malos ojos que su hermana, que no es, en sentido estricto, la legítima esposa de Jacob, sea quien esté dando a luz a los hijos de su esposo y recurre a la figura de la adopción, entregando a su esclava Bilha para que conciba y dé a luz en sus rodillas (30,1-3). No uno, sino dos hijos, Dan y Neftalí, nacen de esta unión de Jacob con la esclava Raquel (30,4-8).
Lía, que, a pesar de haber dado a luz ya a cuatro hijos, se siente celosa de su hermana, propone a Jacob el mismo procedimiento: acostarse con su esclava Zilpa, quien le da a Jacob dos nuevos hijos (30,9-13). Un incidente familiar entre Raquel y Lía sirve de marco para que Raquel «autorice» a su hermana a volver a acostarse con su esposo (30,14-16); de aquí nacerán dos varones y una mujer, Dina (30,17-21).
En este momento, Dios se acuerda de Raquel y le concede la gracia de concebir también ella, aumentando en uno el número de los hijos de Jacob y completando así once. El nacimiento de José cierra el ciclo de historias y leyendas sobre Jacob y sus hijos en la tierra de sus antepasados y nos prepara al retorno del patriarca con su familia a la tierra prometida.
Los nombres de los hijos y las circunstancias que rodean cada nacimiento designan, de algún modo, las condiciones de su origen y, al mismo tiempo, describen el tipo de relaciones que, en el acontecer histórico, vivieron las doce tribus en tierra de Canaán.
