Ante la negativa del Señor a cambiar la suerte de su pueblo, el profeta se quiebra y reniega de haber nacido, pues se encuentra en una situación que no ha elegido (10). No tiene ningún motivo personal para estar en disputa con el pueblo, con los reyes (36,20-26), con los funcionarios del reino (38,4), con los sacerdotes (26,7-9) ni con los falsos profetas (28). La angustia de Jeremías muestra cómo, en Israel, la vocación profética depende totalmente de Dios, quien llama a las personas y les confiere una misión específica. La crisis vocacional de Jeremías es una oportunidad que el Señor le ofrece para purificarlo e invitarlo a un encuentro personal con Él, su libertador y salvador, y así renovar sus fuerzas y su fervor profético (20). Del mismo modo, la vocación en la Iglesia es una pura iniciativa de Dios y no puede estar condicionada ni depender de nuestros planes, ideas o gustos personales.
