Este relato refleja las dificultades y luchas que surgieron en la humanidad con la aparición de la agricultura (de la gente sedentaria) y de la ganadería (de la gente nómada). También nos muestra una antigua costumbre religiosa: al inicio de la cosecha, los agricultores ofrecían a sus divinidades sus mejores frutos. Era una forma de agradecer lo que se recibía. Otro tanto hacían los pastores con lo mejor de sus ganados. Pero no se trataba solo de gratitud, sino de «comprometer» a la divinidad para que el año siguiente fuera igualmente muy productivo. Cuando no sucedía eso, se interpretaba que la divinidad había rechazado las ofrendas. Esto pudo ser el caso de Caín: un fracaso agrario le llevó a concluir que su ofrenda había sido rechazada por Dios, mientras que la de su hermano no. El rencor le acecha y en lugar de dominarlo, se deja llevar por él y mata a su hermano.
La narración de Caín y Abel no solo denuncia el fratricidio individual, sino también el colectivo, pues Caín, el hermano mayor, que tiene poder, lejos de cuidar la vida de su hermano pequeño, se la quita. Así pues, el centro del relato no es solo la mera relación entre Caín y Abel, sino también la descendencia maldita que representa Caín: los grupos y las estructuras de poder que
excluyen, destruyen y matan a los hermanos más débiles.
