El pecado.

Este relato, íntimamente ligado al anterior, se basa en un mito mesopotámico. Su intención es hablar del origen del mal. Si todo lo creado por Dios era bueno, ¿en qué momento surgió el mal?
En varios lugares del Antiguo Testamento encontramos la expresión «ciencia del bien y del mal» como referencia a la potestad de tener la decisión última sobre las cosas (cfr. 2 Sm 14,17; 1 Re 3,9; Ecl 12,14). La gran tentación del ser humano es tomarse a sí mismo como medida absoluta de la realidad, prescindiendo de la voluntad de Dios. Cada vez que el ser humano ha actuado así a lo largo de la historia, los resultados siempre han sido y siguen siendo el alejamiento del proyecto de Dios: la injusticia, la opresión, el totalitarismo.
El mito ilustra muy bien el planteamiento que hacen los sabios de Israel: el mal en el mundo tiene su origen en el corazón del ser humano cuando se deja atrapar y dominar por sus instintos –«adamacidad»– y actúa sin discernimiento ni la guía del Espíritu que Dios le infundió al crearlo.
El ser humano se autodestruye cuando pierde de vista que Dios, ser esencialmente liberador, es el único punto de referencia válido para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. Cuando se desplaza a Dios para ubicar en su lugar al ser humano y sus tendencias egoístas, el resultado es el pecado, la muerte, la perdición.

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