La descendencia de Caín.

Este relato está vinculado al anterior, y tiene algo relevante que no debemos obviar. No se trata de una descendencia en sentido propio, sino más bien de una «descendencia tipo». En el pasaje anterior, Caín es marcado con el sello de la maldición e inmediatamente nos encontramos con una serie de sus descendientes, cuyos nombres están estrechamente ligados a lo que podemos llamar grupos de poder. Recuérdese que, en la mentalidad semita, el nombre designa el ser de la persona, su condición. Por eso conviene echar un vistazo al sentido etimológico de algunos nombres de esta descendencia.
Henoc está relacionado con la ciudad que Caín construye (17). La Biblia no condena la ciudad por ser ciudad, sino por su estructura. Hacia ella confluyen los recursos de la región o del país, pero no para el bien y el disfrute de todos, sino para unos pocos que ostentan el dominio y el poder. Con Henoc también queda condenado su hijo Irad, cuyo nombre significa «el que regresó a la ciudad». Representa a quienes acumulan terrenos –los acaparadores de recursos naturales–. Mejuyael, que significa «Dios es destruido», y Metusael, que se traduce como «hom-bre ávido de poseer», representan el poder de la codicia y el intento de «destruir» al propio Dios. En el corazón del codicioso y prepotente nace el deseo de acabar con un Dios que le exige compartir sus bienes con los demás (cfr. Dt 15,7s) y devolver al hermano lo que le pertenece en justicia.
Los nombres de las mujeres citadas están todos relacionados con la belleza: Ada significa «adorno» (19); Sila, «aderezo» (19); y Naamá, «preciosa, hermosa» (22). Representan a la mujer valorada por sus atributos externos, y no por su ser femenino, imagen y semejanza de Dios (1,26).

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