Alianza de Abrán con el Señor.

Dios vuelve a tomar la iniciativa en esta historia con Abrán, que comenzó en el capítulo 12. Y de nuevo, una promesa: «No temas, yo soy tu escudo» (1). Por primera vez, Abrán responde al Señor: sin herederos, de poco sirven los dones (2-3). Sigue la ratificación de la promesa, que se perpetuará para siempre gracias a un heredero nacido de las entrañas mismas del patriarca (4). Promesa que aún no se concreta, pero en la que queda comprometida la Palabra del Señor. Los versículos 9 y siguientes describen cómo se sellaba un pacto o alianza. Lo novedoso de esta alianza del Señor con Abrán, que subraya la gratuidad absoluta, es que Dios es precisamente uno de los pactantes o copartícipes. En la práctica normal, la divinidad o las divinidades eran puestas como testigos del pacto; aquí, Dios es testigo y pactante, lo cual le otorga una garantía aún mayor de cumplimiento.
Hay quienes afirman que, dada esta condición, no se podría hablar, en sentido estricto, de una alianza, sino más bien de una promesa firme que Dios hace a Abrán. Sea lo que fuere, lo que se resalta en el relato es esa profunda e íntima unión de Dios con el pueblo, cuyos lazos se estrechan de modo definitivo mediante una alianza que tiene como efecto inmediato establecer la paternidad por parte del contratante principal –en este caso, el mismo Dios–, la filiación del contrayente secundario –en este caso, Abrán– y la fraternidad entre todos. Este tipo de vínculos, generados por las alianzas, llegó a tener mucha más fuerza que los de sangre.
Los versículos 13s no son tanto un vaticinio de lo que sucederá al pueblo en Egipto, sino una constatación de lo que en realidad sucedió. Los versículos 18b-21 constituyen la geografía de la tierra prometida, cuya totalidad jamás pudo concretarse.

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