La promesa de la descendencia (12,2s; 13,16; 15,5) aún no empieza a cumplirse. Sara ya no puede concebir y recurre al la práctica común de la época: tener un hijo a través de su esclava egipcia (1.3). Según lo estipulado por la misma ley mosaica, «no tomarás esclavos de tu mismo pueblo» (Lv 25,44); este detalle revela que el relato no es demasiado antiguo. Lo que sí es muy antiguo es la relación antagónica entre israelitas e ismaelitas. Este relato prepara el terreno para la oposición que históricamente ha existido entre judíos y árabes. Agar, madre de Ismael, aunque rechazada por Sara por su falta de respeto, no es desechada por el Señor. A ella, como matriarca del pueblo ismaelita, Dios también le promete una descendencia numerosa (10), pero sin territorio propio. Con sutileza, el redactor deja relegado a todo este pueblo a vivir al margen del territorio, como «potro salvaje», «separado de sus hermanos» (12), sometido a ellos, según la orden dada a su propia madre: «sométete a ella» (9). No se pueden perder de vista dos aspectos muy importantes para meditar sobre este episodio: las limitaciones de los redactores y el Evangelio liberador de Jesús.
