Desde hacía más de cien años, los profetas venían anunciando la destrucción de Jerusalén, pero la ciudad no supo escuchar ni entender la paciencia del Señor (Is 5,19). Ahora el castigo es inminente (25). El pueblo no se preocupa por los infortunios que anuncia Ezequiel porque, aunque estos sean verdaderos, su cumplimiento no los afectará (27), quizás solo a sus nietos o bisnietos (cfr. 2 Re 20,19).
