Falsos profetas y profetisas.

Parece que estos profetas se sienten cómodos entre las ruinas de la ciudad; el pecado del pueblo no les afecta en absoluto (4). En cambio, el verdadero profeta tiene una sensibilidad especial para detectarlo y denunciarlo porque vive en el «pathos» o en el corazón de Dios y desde allí habla. La falsedad de estos profetas se constata en la inconsistencia de sus palabras, que se comparan con una pared de ladrillos mal consolidada. La paz que anuncian es una ilusión que pronto se derrumba (12).

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