Comienza la aventura con la entrevista obligatoria con el faraón. El hecho de que el faraón los reciba ya es una gran «bondad» de su parte. La situación se tensa cuando se le anuncia que el Señor, el Dios de Israel (1), quiere que su pueblo salga de Egipto. La reacción del faraón es normal: ¿Quién es ese dios? ¿Puede tener más poder que el propio faraón? ¿Podrá el Dios de unos esclavos atreverse a dar órdenes al faraón y a la divinidad que él mismo representa? La respuesta es un «no» contundente y la reacción, la intensificación de las tareas, con lo cual el faraón busca demostrar su poder sobre los israelitas y sobre su Dios (4-18). Los intentos de negociación de los inspectores israelitas también resultan fallidos; solo logran que la opresión se endurezca aún más. Esta actitud lleva a Moisés a una oración de intercesión (22s), y el Señor le responde con una promesa muy llamativa: se enfrentará él mismo al faraón (6,1).
