Reconocimiento y reconciliación.

Por una parte, las palabras de Judá parecen haber ablandado el corazón de José, pero los sentimientos reprimidos de José también llegan al límite y revientan la farsa que él mismo se había inventado. Los hermanos, atónitos, no saben qué decir; es el mismo José quien los absuelve y declara que su antigua actitud hostil y el rechazo que los indujo a planear su desaparición no pueden imputárseles como castigo, sino que deben ser vistos como una acción divina que permitió todo aquello para demostrar su especial preocupación y atención por esta familia (5-8). Sin detenerse en más discursos por parte de ninguno de los presentes, y tras señalar la reconciliación mediante las palabras y los gestos de José, sus hermanos pueden, por fin, hablar. Se hacen todos los arreglos para que Jacob sea trasladado a Egipto con el beneplácito del faraón (17-20) y con la constancia del consentimiento de Jacob para emprender el viaje (21-28).

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