Jacob viaja a Egipto.

La manera más directa de decir que el viaje de Jacob a Egipto es de iniciativa divina y que Él mismo acompañará a los peregrinos es la que nos narran los versículos 2-4, donde el Señor también renueva a Jacob las promesas hechas a Abrahán y a Isaac (cfr. 12,2.7). Jacob parte para Egipto con la plena certeza de que el Dios de sus padres bajará con él y lo hará subir de nuevo; entre la ida y el regreso de su descendencia será necesario esperar varios siglos, de ahí que el escritor mencione la promesa de la multiplicación de su descendencia (3). Pero aquella larga estancia en Egipto no estuvo siempre acompañada de prosperidad y ventura; en estas palabras del Señor a Jacob hay quizás un presagio de la larga esclavitud que sufrirá la descendencia israelita en tierra extranjera, aunque también esconde la promesa de su regreso.
El relato se interrumpe con el intento de enumerar a todos los parientes de Jacob, hijos y nietos, que viajaron con él. No hay que entender esta larga lista (8-27) de modo literal, sino como una forma de describir el grueso número de israelitas que se desplazan a Egipto por razones aparentemente atractivas, como es ir a ver de nuevo a un hijo y quizás gozar del favor del faraón, pero que en el fondo refleja los desplazamientos masivos hacia aquel país que poco a poco iba absorbiendo a tantos pueblos y grupos humanos acosados por el hambre y por el endeuda-miento con el poderoso imperio faraónico (cfr. 47,3s).
La narración vuelve a ocuparse del relato del encuentro del padre y del hijo (28) y de las instrucciones de José a sus hombres para formalizar su estancia en Gosén, región egipcia, al parecer un lugar «autorizado» para el ejercicio de las actividades pastoriles (34).

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