El Paraíso.

Este nuevo relato, también llamado «relato de creación», presenta características distintas a las del anterior. No se trata de un himno. Dios no da órdenes para que las cosas aparezcan. Como un alfarero, Él mismo modela al hombre con arcilla y, al soplar sobre él, le infunde el aliento de vida. Le pone en el jardín del Edén y le advierte sobre el árbol del conocimiento del bien y del mal. Modela de arcilla a todos los seres vivos para que le acompañen y, al no encontrar ayuda adecuada, lo duerme y, de su costilla, «forma» una criatura: la mujer.
Este es un relato muy antiguo que los israelitas adaptaron para hablar principalmente del origen del hombre y de la mujer, y de la diferencia entre el hombre y los animales.
Según este relato, el ser humano comparte tres elementos comunes con los animales:
1. Ambos han sido formados con «arcilla del suelo» (7.19).
2. Ambos reciben de Dios «aliento de vida» (cfr. 7,15.22).
3. Ambos son «seres vivos» (7.19).
Pero, al ser humano, Dios lo hace a su imagen y semejanza (1,26), y esto empieza a perfilarse desde el momento en que Dios sopla su aliento en las narices de Adán, re-cién modelado con «adamah» –arcilla del suelo–, de la que también fueron hechos los animales. El actuar del hombre debería, pues, diferenciarse del actuar de los anima-les, en el que no actúa movido solo por sus instintos naturales, sino también y, sobre todo, por el Espíritu de Dios que lleva dentro. Así pues, el ser humano no es humano solo por el hecho de tener un cuerpo; lo específico acontece cuando el Espíritu de Dios lo habita, y vive movido por Él. Dicho de otro modo: lo humano acontece en el hombre y en la mujer cuando su materialidad –su «adamacidad»– es animada por el Espíritu de Dios.
Desde esta interpretación, podemos extraer valiosas conclusiones para la vivencia de nuestra fe y crecimiento personal. Este pasaje nos invita a tomar conciencia de nuestra natural «adamaci-dad» (nuestros instintos), pero también a darnos cuenta de que dentro de cada uno de nosotros se encuentra la presencia del Espíritu de Dios, que se mueve y espera que le demos la oportu-nidad de humanizarnos.

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