Durante mucho tiempo se creyó que este relato fue lo primero que se escribió en la Biblia, pero se ha demostrado que no fue así. Después de la destrucción de Jerusalén y del templo por los babilonios en el año 587 a. C., el pueblo judío se encontraba en crisis. Necesitaba un relato que le ayudara a ver las cosas con perspectiva. ¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué no defendió a su pueblo? ¿Por qué permitió la destrucción de la ciudad y el templo?
Con relatos de otros pueblos orientales, los redactores componen un himno que promueve la idea de que, desde el principio, Dios creó todo con gran armonía y bondad y que, desde entonces, desea lo bueno para su pueblo. El himno es toda una catequesis de adhesión y firmeza en la fe al Único y Verdadero Dios de Israel. Veamos en forma de elenco algunas intenciones y consecuencias que el relato propone:
1. La creación es fruto de la bondad absoluta de Dios. En medio del caos primigenio, el Espíritu de Dios se mueve, Dios no está ausente y su Palabra ordena las cosas, va haciendo aparecer cuanto existe, con la nota característica de que todo es «bueno».
2. En la creación; todo obedece a un plan; nada es fortuito: cada elemento cumple una función determinada (incluso las desgracias). La cumbre de la creación es el ser humano, al que las de-más criaturas se ponen a su disposición.
3. Dios crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, los crea varón y mujer para que administren su obra. Ser pareja, vivir en comunidad, es el reflejo de un Dios que se comunica, que ama, que se trasciende y expresa su amor hacia sus criaturas. Con esta dinámica, el hombre y la mujer también deben administrar la creación que Dios pone a su disposición.
4. Dios bendice su creación. La creación no es un lugar maldito, lugar de castigo. Todo lo contrario, es el lugar donde todas las criaturas son bendecidas por Dios y llamadas a darle gloria.
5. Finalmente, el descanso sabático. Colofón de la creación. Dios lo bendice y lo consagra. Este «descanso», más que holganza, es expresión de madurez y plenitud. Y, como Dios, en la creación, el ser humano, hombre y mujer, y todas las criaturas, están orientados hacia ello: la plenitud.
