Trigésimo Primer Domingo en Tiempo Ordinario – Año A

Mateo 23,1-12

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Un buen domingo para todos.

El capítulo 23 del Evangelio según Mateo contiene una serie de severísimas denuncias de Jesús contra los escribas y fariseos. Seguramente les resuenan en sus oídos aquellos famosos siete Ayes: ‘Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas’, y también nos habríamos preguntado por qué Jesús emplea un lenguaje tan duro contra ellos. ¿Eran realmente tan malos estos escribas y fariseos? El pasaje que escucharemos hoy es el comienzo de este capítulo 23.

¿Quiénes eran los escribas? Eran los eruditos de los textos sagrados, los expertos bíblicos de la época de Jesús, las personas cultas que conocían las leyes y los preceptos contenidos en las Sagradas Escrituras, y cuando había que resolver alguna cuestión jurídica, la gente recurría a ellos, ya que hablaban el nombre de Dios porque encontraban la solución en los Textos Sagrados. Habían cobrado importancia durante el exilio en Babilonia.

En 586 Nabucodonosor, después de destruir la ciudad de Jerusalén, había llevado a Mesopotamia no a los ancianos, enfermos, cojos, no. Había llevado a los instruidos, a las personas cultas, a los artesanos, a los escribas que, de yendo a Babilonia, habían traído consigo textos que habían comenzado a componer sobre la historia de su pueblo, las leyes,los preceptos que debían guiar la vida de los israelitas.

En Babilonia no estaba el templo de Jerusalén por lo que no se podían ofrecer sacrificios, realizar ritos, liturgias y, por tanto, los sacerdotes no contaban para nada en Babilonia; en cambio los escribas eran importantes porque la gente empezó a reunirse en torno a estas personas cultas porque podían enseñarles las buenas normas de vida y recordar la historia de su pueblo, recordar las esperanzas, las bendiciones que Dios había prometido a sus padres, a los patriarcas. En Babilonia nacieron las sinagogas, es decir, estos lugares de reunión para escuchar a estos rabinos. Estos escribas siguieron luego reelaborando los textos sagrados que estaban componiendo y fue en Babilonia donde empezó a tomar forma la Torah, el Pentateuco, que se completará cuando regresen a Jerusalén.

En la época de Jesús los escribas tenían mayor autoridad que los sacerdotes y profetas; a los 40 años el escriba recibía la imposición de manos por un rabino y con esta imposición de manos se le transmitía el espíritu de Moisés. Los escribas fueron considerados el magisterio infalible de la época.

Los fariseos: A estos los conocemos muy bien porque en la parábola del fariseo y el publicano, Jesús trazó una imagen perfecta de ellos. Eran las personas que se enorgullecían de su rectitud moral, de la que naturalmente hacían alarde delante de todos, y luego despreciaban a los que no se comportaban rectamente como ellos.

El pueblo admiraba a los fariseos por la austeridad, la seriedad de sus vidas. Habían entrado en conflicto con Jesús porque su catequesis era incompatible con el Evangelio, estaba centrada en la observancia estricta y escrupulosa de los preceptos que les dictaban; eran intolerantes con los pecadores y, especialmente, habían entrado en conflicto con el Evangelio porque predicaban un Dios juez estricto que castigaba severamente a los que transgredían sus mandatos. Esta era una imagen de Dios que no era compatible con el Padre bueno y solamente bueno que predicaba Jesús, el Dios que amaba a todos, a los malos y a los buenos y que, precisamente, por ser un Dios tan bueno puede pedir a todos sus hijos e hijas que se comporten como él, es decir, que amen a todos incluso a los que te hacen daño.

¿Cómo interpretar las severas y duras palabras de Jesús contra los escribas y fariseos?Intentemos no ser injustos con ellos; recordemos que Pablo era un fariseo, educado según esta espiritualidad estricta y severa; se jactaba de ser un fariseo, y precisamente porque era fariseo, dice que siempre se había comportado irreprochablemente en la intachable observancia de la Torah. En su discurso ante el Sanedrín (se relata en los Hechos de los Apóstoles) declara: ‘Soy un fariseo que vivía en la secta más estricta de nuestra religión’, y cuando escribe a los romanos dice: ‘Doy testimonio de los fariseos que son personas celosas de Dios’.

Entonces uno se pregunta por qué Mateo refiere estas críticas de Jesús a los fariseos y escribas. Ciertamente, no es para mantener vivo el recuerdo de cómo se comportaban los escribas y fariseos que vivieron en la época de Jesús, 50 años antes… éstos ya estaban muertos.

Si Mateo refiere estas palabras de Jesús, es para iluminar los problemas de sus comunidades. ¿Qué había sucedido? Nos cuentan los Hechos de los Apóstoles que ya en las primeras décadas después de la Pascua muchos fariseos habían entrado en la comunidad cristiana, se habían adherido al Evangelio, pero desgraciadamente no se habían liberado de sus puntos de vista religiosos tradicionalistas y habían creado muchas tensiones y graves problemas dentro de las comunidades cristianas porque, por ejemplo, tenían grandes dificultades para aceptar la entrada de paganos en la Iglesia, ellos siempre los consideraron intrusos, como si estuvieran robando las bendiciones de Abrahán que debían reservarse a los israelitas.

Las palabras de Jesús que escucharemos hoy, y que nos relata Mateo, deben leerse como una invitación a tomar conciencia de que el peligro del fariseísmo en el seno de las comunidades cristianas está siempre presente. Por tanto, escucharemos las palabras de Jesús, no como dirigidas a los escribas y fariseos de su tiempo, éstos ya han muerto, sino como dirigidas a nosotros hoy. El fariseísmo está presente en las comunidades cristianas de hoy y las palabras de Jesús nos ayudarán a identificarlo. Escuchemos, efectivamente a quién se dirige Jesús:

“Jesús, dirigiéndose a la multitud y a sus discípulos, dijo: En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos. Ustedes hagan y cumplan lo que ellos digan, pero no los imiten; porque dicen y no hacen”.

Notemos bien, en primer lugar, a quién se dirige Jesús. No tiene delante a los escribas y a los fariseos, sino a sus discípulos, a los que ya le han rendido pleitesía, y a la muchedumbre que le escucha y, por tanto, a quienes les interesa su Evangelio y que podrían convertirse en sus discípulos. Está claro lo que el evangelista Mateo quiere decirnos. Jesús se dirige a ti, cristiano de hoy, que corres el peligro quizás, sin darte cuenta, de comportarte como un fariseo, de introducir en la comunidad cristiana algunos de los comportamientos inaceptablesque eran los de los escribas y fariseos; y luego comienza la lista de estos comportamientos inaceptables que Jesús no quiere que estén presentes en la comunidad de sus discípulos.

El primero, el de instalarse en la cátedra de Moisés. ¿Qué quiere decir? ¿Qué hicieron los escribas y fariseos? Por ejemplo, cuando en los Evangelios se cita a Moisés, se refiere a la Torah, al Pentateuco, a la ley de Dios que Moisés había entregado al pueblo. Era esta la ley que Israel tenía cumplir, no a otra palabra que no fuese la palabra de Dios. Y lo que los escribas y los fariseos habían hecho era ocupar el lugar de la ley de Dios, habían sustituido a la Torah porque habían propuesto sus preceptos, su catequesis, su interpretación; e incluso decían que estos preceptos tenían prioridad sobre el texto sagrado. Se decía, ‘Cuando tengas dudas, escucha al rabino’. Y, de hecho, Jesús ya había dicho precisamente hablando directamente a los escribas a los fariseos, ‘ustedes sustituyen la palabra de Dios por sus tradiciones, con preceptos que se han inventado y que no están en la Torah’. Éste es el primer peligro del fariseísmo sobre el que debemos reflexionar, porque lo mismo puede ocurrir en la comunidad cristiana que se sienta en la cátedra de Moisés, no en el Evangelio sino en nuestro sentido común, nuestro razonamiento, en la lógica del mundo, lo que todos consideran razonable y correcto.

Esto ha sucedido y sigue ocurriendo. Los primeros ejemplos que me vienen a la mente: el repudio de la violencia; es una clara exigencia evangélica, incuestionable, ¿no ha sido sustituida a lo largo de los siglos por la lógica de la guerra justa que habíamos inventado nosotros? No nos habíamos dado cuenta de que habíamos instalado en la cátedra de Moisés la lógica de los hombres en lugar del Evangelio y, desgraciadamente, todavía hay quien sigue haciendo esta sustitución. Otro ejemplo. En lugar de la sociedad alternativa que quería Jesús, la de una comunidad fraterna donde todos sin distinción de razas, de tribus, de lenguas y religiones, donde todos deben compartir los bienes que pertenecen a Dios, ¿no se ha enseñado en la comunidad cristiana en una encíclica de León XIII que es según el orden de Dios que haya amos y proletarios, ricos y pobres, nobles y plebeyos con tal que también se preocupen por los pobres? Con estos discursos ¿no se sustituyó el Evangelio por los razonamientos humanos? He aquí el primer peligro sobre el que Jesús nos invita a reflexionar: ‘No sustituyas el Evangelio con tu palabra’.

Segundo comportamiento: ‘Dicen y no hacen; escúchenlos pero no actúen según sus obras porque dicen y no hacen’. Esta es una acusación muy grave y digámoslo claramente, no corresponde a los escribas y fariseos de la época de Jesús; ciertamente, entre ellos también estaban los hipócritas, los corruptos, los incoherentes; pero como he dicho antes, los fariseos eran estimados precisamente porque observaban escrupulosamente todos los preceptos que enseñaban.

La preocupación de Jesús no se refiere a los fariseos de aquella época, sino a nosotros hoy. Hoy nos pasa que predicamos cosas correctas y luego no las practicamos; proclamamos el Evangelio, pero luego nuestra vida sigue en sentido contrario. No se puede engañar en la propuesta de vida que hacemos; si antes no encarnamos el Evangelio nadie nos creerá y ésta es, de hecho, la acusación que más nos molesta y que a menudo nos lanzan por no creyentes. ‘Dicen pero luego no hacen’. Si, por ejemplo, hablamos de ser servidores de los hermanos y luego nos dejamos servir, ¿es de extrañar que nadie nos crea? Continuemos ahora reflexionando sobre los errores farisaicos contra los que Jesús quiere advertirnos. Escuchemos:

“Atan fardos pesados, difíciles de llevar, y se los cargan en la espalda a la gente, mientras ellos se niegan a moverlos con el dedo”.

Los escribas y fariseos habían reducido la Biblia a un código de reglas minuciosas que debían observarse. Habían reunido durante siglos una infinidad de prescripciones que debían regular cada momento de la vida tanto la pública como la privada; una serie de disposiciones y reglamentos que, como dice Jesús, eran una carga insoportable sobre los hombros de la gente. Piensen, por ejemplo, en el trabajo prohibido en el día de reposo que se les había especificado en cada detalle. O en la obsesión de los fariseos y de los escribas por las abluciones rituales que Jesús no hacía. Habían establecido hasta seis tipos de agua para las diversas purificaciones. Jesús quería liberar de esta pesada carga de preceptos que en vez de promover la vida, la inhibían y los escribas tenían autoridad para descargar de los hombros del pueblo este peso insoportable y no movieron ni un dedo. A ellos les resultaba conveniente que esta carga permaneciera sobre los hombros del pueblo porque esto aumentaba su prestigio, su autoridad. El pueblo tenía miedo de transgredir sus órdenes y ellos se sentían importantes.

En nuestra Iglesia ¿no ha ocurrido algo parecido, incluso ahora? En la proclamación del evangelio ¿se ha empezado con la presentación del amor incondicional de Dios? Ese amor que fue presentado por la persona de Jesús de Nazaret, un Dios que acoge a todos, que no discrimina entre buenos y malos porque todos son sus hijos y nos pide a cada uno de nosotros que seamos como él, que amemos incluso a nuestros enemigos. ¿Es de aquí donde se comienza la proclamación? ¿No es quizás el caso de que se identifica al cristiano como alguien que impone enormes preceptos y prohibiciones?

Un día estaba viajando en tren y empecé a participar en la conversación que estaba teniendo lugar, y en cierto momento alguien me preguntó: ‘¿Eres sacerdote?’ ‘Sí, soy sacerdote’. ‘Eh, entonces son ustedes los que prohíben los divorcios, las relaciones prematrimoniales’. ‘Yo creo en un Dios que ama a cada persona, que nos hace a todos hermanos’.

La gran moral debe ser expresión del único mandamiento que Jesús nos dio, el bien de la persona, el amor al hombre, lo que es bueno para el hombre es lo que Dios quiere. Muchas veces todavía se nos identifica con nuestras normas morales, no con la proclamación del rostro del Dios bello y amoroso. Escuchemos ahora qué otra crítica hace Jesús a los escribas y fariseos de nuestras comunidades de hoy:

“Todo lo hacen para exhibirse ante la gente: llevan cintas anchas y flecos llamativos en sus mantos. Les gusta ocupar los primeros puestos en las comidas y los primeros asientos en las sinagogas; que los salude la gente por la calle y los llamen maestros”.

Todos somos felices cuando nos sentimos apreciados por lo que somos y por lo que hacemos. Incluso la Biblia recomienda cultivar el buen nombre; el libro del Sirac dice que un buen nombre vale más que el oro porque perdura incluso después de nosotros, no seremos olvidados. Pero para algunos la búsqueda de honores, de elogios, de títulos honoríficos se convierte en el propósito de la vida. Esto es una patología. En la carta a los efesios, se llama oftalmodulía, es decir, la esclavitud de las miradas. Uno es esclavo de la atención de la gente, hace todo lo posible para atraer esas miradas hacia sí y está dispuesto a hacer cualquier cosa para despertar el interés de los que están a su lado. Es una enfermedad.

Hablando a los judíos que no creen en él Jesús les dice, ‘¿cómo pueden creer en mí cuando el objetivo de su vida es buscar la gloria de unos y otros’. Jesús se preocupa de que sus discípulos no se contagien de esta enfermedad y por eso les invita a sonreír ante los patéticos trucos con los que los escribas y fariseos intentan atraer las miradas de la gente, ¿qué hacen? Alargan sus flecos. ¿Qué son esos flecos? Lo ven en la foto que pongo al fondo; el que está rezando tiene esos flecos. Antes de la oración se ha colocado dos cajitas, una en la frente, atada con tiras de cuero, y otra en su brazo izquierdo también atada con tiras de cuero. ¿Qué contenían estas cajitas? Frases bíblicas, y el significado de este gesto de colocar estas cajitas en la frente y en el brazo es muy hermoso porque era un signo de amor a la palabra de Dios que había que tener siempre ante los ojos para guiar los pasos de cada pio israelita; y en el brazo, que es el símbolo de la acción.

Así pues, toda acción del israelita piadoso debe guiarse por lo que está escrito en esas cajitas, es decir, por la palabra de Dios. ¿Qué hacían los escribas y fariseos? Para hacerse notar agrandaron las cajitas para hacerlas más visibles y mostrar a todos su apego a la ley de Dios. O sea, utilizaban la palabra de Dios para ser admirados y buscarse a sí mismos y no el amor a Dios.

Y luego el segundo truco: estiraban sus flecos. ¿Qué son estos flecos? Al fondo ven que hay dos personas rezando que tienen el manto de oración sobre los hombros; en hebreo se llama talit. Les muestro tres modelos de talit. Fíjense que hay flecos colgando de estos talitim(plural en hebreo). En las cuatro esquinas del chal de la oración colgaban estos cuatro flecos; ¿qué significaban? La lluvia, las gotas de lluvia que caen sobre israelita piadoso que reza, la lluvia de las bendiciones de Dios. Es hermoso el significado de estos flecos pero ¿qué hacían los escribas y los fariseos? Habían olvidado el bello significado que tenían estos flecos y para atraer las miradas alargaban los flecos. Utilizaban la oración para atraer las miradas de la gente, la oftalmodulía, que es una enfermedad peligrosa. Se ponían encima de los mantos que usaban los sacerdotes. El historiador Josefo Flavio dice que cuando el sumo sacerdote pasaba entre el pueblo, con esta vestimenta, todos creían ver el paraíso, era como ver a Dios.

Jesús dice, ‘guárdense de esta gente que le gusta andar con largas túnicas’. Jesús no soportaba estas maneras de buscar, incluso con estas cosas, llamar la atención de la gente. El Papa Celestino I (estamos en el siglo V) oyó que los sacerdotes vanidosamente habían empezado a vestirse con ropas especiales y escribió a los obispos de la Galia y les dijo que debíamos distinguirnos de los demás por la doctrina, no por el vestido; por la conducta no por el hábito, por la pureza de mente, no por el adorno exterior.

En el Nuevo Testamento se recomienda vestirse con una prenda de marca, el única que debe caracterizar al discípulo de Cristo y esta vestidura es la persona de Jesús de Nazaret. Quien te encuentra, quien te oye hablar, te siente razonar, juzgar, vivir, actuar deben ver en ti a Jesús de Nazaret. Esta es la única prenda de marca que debe caracterizar al discípulo, no otros adornos para atraer la mirada de la gente.

¿Qué más hacen estos escribas y fariseos? Gozan de asientos de honor en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas, inclinaciones. En tiempos de Jesús existía una costumbre que Jesús presenció ciertamente muchas veces; en la sinagoga cuando alguien había hecho una gran ofrenda para los pobres, el sábado, el que dirigía la liturgia, el jefe de la sinagoga le llamaba, ‘ven aquí delante de todos’ y le hacía sentar en el primer lugar de la sinagoga y todos veían a este hombre que había sido tan generoso. Cuando Jesús presenció estas escenas patéticas dijo que ya habían tenido su recompensa. Jesús nos invita a no dar importancia a los que creen que la tienen porque les hacemos daño. Jesús dijo a sus discípulos, ‘cuidado con esta gente’. Estaban allí para que los contemplaran, no; si lo haces los haces más enfermos de oftalmodulía.

Luego viene la crítica sobre los títulos honoríficos. Por supuesto eso no sólo lo hacían los fariseos de la época de Jesús, también está presente en la Iglesia actual: el arribismo en la comunidad cristiana. Escuchemos:

“Ustedes no se hagan llamar maestros, porque uno solo es su maestro, mientras que todos ustedes son hermanos. En la tierra a nadie llamen padre, pues uno solo es su Padre, el del cielo. Ni se llamen jefes, porque sólo tienen un jefe que es el Mesías”.

Ahora Jesús considera tres títulos honoríficos que no quiere que sean empleados en la comunidad cristiana. Escuchemos bien, los ha prohibido. Para nosotros, eso de los títulos honoríficos puede parecernos un tema menor, irrelevante, pero no para Jesús. Es muy serio. Primer título: Rabí, significa mi maestro, mi gran maestro. Era el título que codiciaban los escribas porque era la consagración de su autoridad, de su prestigio. Esta es la disposición de Jesús: “Ustedes no se hagan llamar maestros, porque todos ustedes son hermanos”.

Vivimos en un mundo lleno de maestros; la gente sabe cada vez menos qué dirección tomar en la vida, qué elecciones hacer, qué valores cultivar y así, en esta incertidumbre general aparecen las personas iluminadas y seguras de sí mismas que en las redes sociales se hacen pasar por maestros de la vida.

A sus discípulos Jesús les dice, ‘cuidado, hay un único maestro; sean conscientes que ustedes no son maestros, el maestro es uno solo; no es el papa, ni siquiera él, el único maestro es el Espíritu. Tu maestro es la vida divina que se te ha dado; es esta naturaleza tuya como hijo e hija de Dios que te instruye, no desde fuera, sino desde dentro. Es tu identidad como hijo de Dios la que en cada momento te muestra lo que estás llamado a hacer si quieres ser tú mismo, si no quieres desfigurar tu identidad. Es este maestro el que te enseña a perdonar, a amar incluso al enemigo, a ser siervo y no amo.

Entonces, ¿el papa, los hermanos que no son maestros, no pueden acaso enseñarnos? Pongamos un ejemplo: En la escuela el maestro que está en la cátedra es solo uno, los que están en los pupitres son todos alumnos. Sin embargo, sabemos que siempre hay algún alumno que es más perspicaz que los demás y comprende primero las instrucciones del profesor y ¿qué hace? Ayuda a sus compañeros que tienen más dificultades y les explica lo que el maestro está enseñando.

En la vida espiritual ocurre algo parecido. No siempre es fácil comprender lo que el Espíritu sugiere, tanto a nivel personal como a nivel eclesial, cuáles son las opciones que hay que tomar. Y hay hermanos de fe que son más sensibles que otros a esta voz del Espíritu. Ellos están llamados a ayudar a sus hermanos en el discernimiento de esta voz.

Segundo título: Padre. Cuando un semita llamaba a uno ‘padre’ quería decir que deseaba ser reconocido por él como hijo. En la cultura semítica cuando se decía, ‘eres realmente mi hijo, te reconozco como hijo mío’, quería decir algo más importante que la paternidad biológica. Quería decir, ‘me reconozco en ti, no sólo porque tienes los mismos rasgos que yo, sino porque te pareces a mí, porque encarnas los valores en los que he creído, me veo reflejado en ti’. Cuando llamamos a Dios ‘nuestro Padre’, decimos que a él queremos asemejarnos y es por esto que Jesús dice que no llames padre a nadie; a nadie debes parecerte, no al padre espiritual, ni siquiera a los santos; tu debes parecerte sólo al único padre que es el Padre celestial. Por ejemplo, cuando Jesús dice que debemos hacer el bien a los que nos odian, al que nos hace el mal, añade inmediatamente, no porque tengan que adquirir méritos para el cielo, no; porque tienes que parecerte a tu Padre, que ama a todos, incluso a los que hacen el mal.

Es significativo que en los primeros siglos de la Iglesia se cuidaban mucho de utilizar este título y en el siglo IV San Jerónimo, que había oído que los monjes del desierto en sus monasterios habían empezado a llamar ‘abá’ a los superiores, inmediatamente hizo una advertencia severa. Dijo: ‘El Señor les amonestó a que no llamaran a nadie abá, porque Abá es uno solo, Dios; y no entiendo quién autorizó a estos superiores de los monasterios a llamarse padre, abá y tampoco entiendo, cómo podemos permitir que alguien nos llame así’. Entonces, ¿cómo no sentirse avergonzado cuando uno oye que le llaman ‘Reverendo Padre’? Debería molestarnos que nos llamen con un título que no es nuestro.

Tercer título: Jefe, guía. Somos peregrinos, extranjeros en este mundo; estamos en camino hacia un destino, hacia una patria y para no equivocarnos de camino es necesario tener un guía, ¿quién es esta guía? ¿El director espiritual? No, Jesús dice, ‘ninguno de ustedes es un guía, el único guía es Cristo’. Los demás son todos compañeros de viaje que pueden darnos ayuda como la de señalarnos al único guía que hay que seguir.

Seguro que nos hemos dado cuenta de que en estos tres títulos está la presentación de la Trinidad: Un único padre, Dios; un único maestro, el Espíritu; una única guía, el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret. Los fariseos pretendían distinguirse mostrándose superiores; los discípulos de Cristo están llamados a comportarse de forma opuesta. Escuchemos la recomendación final de Jesús:

“El mayor de ustedes que se haga servidor de los demás. Quien se alaba será humillado, quien se humilla será alabado”.

Amar es servir, esta es la razón por la que el servicio es la manifestación de la presencia en nosotros de la vida divina que nos ha dado el Padre celestial, es la señal de que nos parecemos a él que es siervo. Esta es la razón por la que son incompatibles con esta nueva vida todos esos comportamientos farisaicos que Jesús enumeró y que no quiere ver repetidos en la comunidad de sus discípulos.

Jesús no prohibió querer ser grande, gloriosos, primeros, siempre que no confundamos el modo de llegar a ser grande. Para ser verdaderamente grandes debemos llegar a ser como él, últimos, servidores de todos.

Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.

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