Trigésimo Domingo en Tiempo Ordinario – Año A
Mateo 22,34-40
Un saludo para todos.
En la última parte de su evangelio, Mateo relata una serie de disputas que Jesús tuvo con sus adversarios. Se percibe un creciente resentimiento hacia él. Las relaciones se hicieron cada vez más tensas y, de hecho, poco después llegaron a condenarle a muerte. Dos de estas disputas ya las hemos encontrado en los domingos pasados; recuerden que los sumos sacerdotes que se habían presentado ante él en el Templo le habían preguntado (con rostro duro): “¿Quién te ha permitido enseñar aquí? Nosotros somos responsables de todo lo que ocurre en el Templo… ¿Quién te autorizó?” Y Jesús les había respondido: “Existe una autoridad que no viene de ustedes. El Bautista, por ejemplo, ¿de quién había recibido la autoridad para predicar? No se las había pedido a ustedes; la había recibido directamente de Dios; por tanto, hay una autoridad superior a la de ustedes”. Por eso ellos se quedaron perturbados.
El domingo pasado oímos la segunda disputa cuando acudieron a él intentando que adoptara una postura respecto al pago del tributo al César para poder acusarle ante la autoridad romana o desacreditarle ante el pueblo. Pero hubo también una tercera disputa que no vimos los domingos pasados. Fue la que tuvo lugar con los saduceos. Estos descendientes del sumo sacerdote que ocupaban cargos políticos y el máximo cargo religioso habían acudido a él para ridiculizar su creencia en la resurrección presentándole el famoso ejemplo de aquella mujer que había tenido siete maridos…
Hoy encontramos a Jesús envuelto en una cuarta controversia, y esta vez el ataque que le harán será en el terreno teológico, en el que los rabinos se sienten bien preparados porque conocen al dedillo las Escrituras. ¿Por qué quieren involucrar a Jesús en una nueva controversia? La razón es que lo consideran un hereje, uno que subvierte la práctica religiosa, que escandaliza a la gente, que no practica los ayunos, que no hace las purificaciones y que, además, se junta con publicanos, pecadores y mujeres de vida dudosa. Pero sobre todo, que difunde lo que consideran la mayor de las herejías porque va diciendo a la gente que el Señor Dios de Israel ama a todos, que no hace distinción entre buenos y malos mientras que ellosenseñan que Dios rechaza a los pecadores, que los odia y se aleja, Jesús afirma, en cambio, que el Señor también los ama. Por eso sienten el deber de desacreditarlo ante el pueblo. Escuchemos qué pregunta le hacen:
Al enterarse los fariseos de que [Jesús] había tapado la boca a los saduceos, se reunieron alrededor de él; y uno de ellos [Doctor de la Ley] le preguntó maliciosamente: “Maestro, ¿cuál es el precepto más importante en la Ley?”
Para comenzar, vale ampliar la mención a la disputa que Jesús tuvo con los saduceos sobre la resurrección y en la que concluyó “tapándoles la boca”, tal como lo describe el texto evangélico.
Los saduceos no creían en la resurrección de los muertos. Por eso Jesús les cita un texto del Éxodo en el que Dios se presenta a Moisés diciéndole: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. Y les pregunta: “¿Les parece posible que Dios se presente como un Dios de personas que están muertas? Si se presenta como el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, quiere decir que estos patriarcas están vivos”. Ellos no supieron qué responder, y los fariseos, que eran sus adversarios, quedaron súpercontentos de que Jesús les “tapara la boca”.
Es que los saduceos y los fariseos no estaban de acuerdo prácticamente en nada; los saduceos provenían de la aristocracia, pertenecían a la casta sacerdotal –a diferencia de los fariseos, que pertenecían a las clases medias– ,utilizaban la religión para enriquecerse y de la Biblia solo aceptaban los cinco primeros libros (la Torah) refutando los restantes (no tenían en cuenta los libros de los profetas, por ejemplo, porque criticaban ciertas costumbres religiosas que, precisamente, formaban parte de su práctica) y tampoco creían en la resurrección.
Está claro que lo que a los saduceos les importaba era estar bien aquí, en este mundo. Y como tenían mucho dinero, sólo pensaban en esta vida; la religión, en su concepción, servíapara pedir favores a Dios, para estar bien aquí. Estemos atentos porque una cierta mentalidad saducea de usar la religión para obtener gracias y sentirse bien aquí también está presente en algunos cristianos de hoy.
Pero, al fin, veremos a fariseos y saduceos aliarse porque tienen un enemigo común. El domingo pasado ya vimos unirse a dos grupos opuestos tanto religiosa como políticamente –los herodianos y los fariseos– para oponerse a un enemigo común. Y ahora vemos cómo se juntan fariseos y saduceos con el mismo objetivo. No se soportaban pero se alían y deciden elegir entre ellos al mejor rabino que tienen: un νομικός (nomikós), un Doctor de la Ley, un biblista erudito, para enviarlo a Jesús y tratar de engañarlo. Quieren desacreditarlo delante de todo el pueblo.
Quiero decir unas palabras también sobre estos fariseos. Tal como, en la comunidad cristiana la mentalidad saducea se hace presente, también lo está la mentalidad farisaica. Siempre preocupó mucho a Jesús que esta mentalidad se infiltrara entre sus discípulos. A diferencia de los saduceos, los fariseos eran muy estimados por el pueblo; les importaba su prestigio y temían que Jesús, con su predicación, les enajenara esta simpatía popular de la que gozaban. Creo, sin embargo, que la mayoría de los fariseos actuaban de buena fe pues actuaban convencidos de que estaban en su derecho de defender la causa de Dios. Eran observadores escrupulosos de todos los preceptos de la Ley. Pablo, en su Carta a los Filipenses, declara con orgullo: “En cuanto a la observancia de la Torah, yo era un fariseo intachable, y en cuanto al celo por Dios, fui un perseguidor de la iglesia”. Y luego, en la Epístola de Timoteo, dirá: “Primero fui un blasfemo, un perseguidor, un violento, pero Dios me mostró su misericordia porque actuaba de buena fe, actuaba por ignorancia”.
Creo que la mayoría de los fariseos eran así. Sentían como el deber de oponerse a Jesús, que desafiaba todas sus tradiciones. Tengamos cuidado porque hoy se puede repetir el mismo error de buena fe, se puede tomar partido contra el Evangelio porque se quiere permanecer fiel a ciertas convicciones, a ciertas tradiciones que el Evangelio quería socavar, quería que se dejaran de lado (el Evangelio es como una espada de doble filo que penetra en lo más íntimo del corazón y exige cambios a menudo radicales).
Estos fariseos se presentan a Jesús junto con el distinguido biblista, un nomikós; lo eligen porque debe hacer a Jesús la pregunta que han preparado: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la Ley?” Observemos bien la pregunta porque es muy maliciosa. Es cierto que, en aquel contexto, se discutía sobre cuántos eran los mandamientos y cuáles eran losmás relevantes. En el Éxodo y en el Deuteronomio, se enumeran diez mandamientos, pero en el Salmo 15 se enumeran once. El profeta Isaías, por su parte, en el capítulo 33, enumera solo seis y los rabinos habían inferido en la Biblia 610 distinguiendo algunos rabinos los más importantes de los menos importantes. Entre ellos se menciona al rabino Hillel, que vivió una generación antes que Jesús y fue el encargado de hacer esa distinción. En cambio el rabino Shammai, contemporáneo suyo, nunca quiso oír hablar de mandamientos “leves”. Se cuenta que un día se le acercó un pagano y le dijo: “Yo quiero hacerme judío” y le pidió que le resumiera rápidamente la Torah. Y, naturalmente, el pagano recibió una paliza porque no hay mandamientos “leves”. Este no es el sentido de la pregunta que el rabino de este evangelio le hace a Jesús. No lo interroga para saber cuál es el mayor mandamiento sino cuál es el único gran mandamiento.
Y la pregunta no es inocente porque no quieren probar si Jesús está preparado (eso lo saben). Y también saben muy bien (incluso los niños) cuál es el gran mandamiento. Es lo que Dios observa: el Sabbath, el Día de reposo. Por eso no es benévola esta pregunta. Es como si, durante la noche voy conduciendo a 120 km/h en una zona urbanizada y el policía que me para me pregunta a qué velocidad puedo ir en una zona urbanizada. Claro que no es para saber si voy a 50 km/h. Y si le digo: “A 50”, me dirá: “¿Por qué ibas a 120?” Del mismo modo, el rabino hizo la pregunta a Jesús para atacarle. Si Jesús responde que el gran mandamiento es el Sabbath, entonces él diría inmediatamente: ¿Por qué no lo cumples? Jesús guardaba el sábado, pero no como ellos lo observaban… Escuchemos su respuesta:
Jesús respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el precepto más importante”.
Jesús no respondió como ellos esperaban. Y por eso quedaron desconcertados y no pudieron continuar con la acusación que habían preparado. Pero lo que más les asombró fue que Jesús no introdujera el gran mandamiento diciendo que había que obedecer a órdenes, a preceptos, al deber de ser sumiso a Dios. Nada de esto. Eran los dioses paganos los que demandaban que la gente fuera sumisa y obediente. No el Dios de Jesús de Nazaret. El Dios de Jesús de Nazaret quiere personas libres (“Tú amarás…”) Libres para amar. Todos los que quieran ser feliz, se deben implicar en el amor incondicional de Dios. Este es el gran mandamiento.
El verbo “amar” (מְאוֹהָב, ohav en hebreo) se repite 248 veces en el Antiguo Testamento y lo que puede sorprendernos es que, en los textos más antiguos de la Biblia, este verbo “amar” no se atribuye a Dios; a él sólo se le atribuyen fuertes pasiones: se indigna, se aflige, ordena, manda. En los textos más antiguos, no encontramos la imagen de un Dios tierno y dulce y la consecuencia de esta imagen de Dios, si es cierta, ¿qué puede ser? El miedo. El pueblo de Israel un día se dirige a Moisés y le dice: “Háblanos tú; te escucharemos; que no nos hable Dios. De lo contrario moriremos”. Después de todo el espectáculo que habían presenciado al pie del monte Sinaí, tuvieron miedo. Frente a este Dios severo, ¿qué hace el hombre? Inclina la cabeza, observa sus mandatos con temor y temblor, teme el castigo.
¿Cómo es que también encontramos en la Biblia a este Dios que infunde temor con sus mandatos? Es muy importante que, al leer la Biblia, tengamos en cuenta que nos presenta la revelación de Dios a Israel progresivamente. En la Biblia encontramos el relato de la historia de amor entre Dios y su pueblo, pero Israel no descubrió inmediatamente la plena belleza del rostro de su Dios. Lo comprendió poco a poco. Partió de la concepción de Dios que también tenían todos los demás pueblos del Antiguo Medio Oriente; pensaban que cada pueblo tenía su propio Dios; luego, en un momento dado, se dieron cuenta de que Dios era uno y de que el Señor Dios de Israel era el Dios del universo.
Luego Dios envió a los profetas para iluminar a su pueblo y los profetas arrojaron nueva luz sobre el rostro del Dios único. Introdujeron las imágenes tiernas de un Dios, que se presenta como el Esposo e invita a una nueva relación con él. No ya la relación del empleado que debe obedecer órdenes de su amo sino la de la esposa que ama libremente y quiere hacer feliz al Esposo. El amor esponsal no obedece a preceptos, a mandatos; es impulso gozoso, disposición a hacer todo lo que pueda hacer feliz al amado. Y enseguida introdujeron también la imagen familiar de Dios: Dios que es padre, Dios que es madre. En el capítulo 49 de Isaías, encontramos esa maravillosa imagen maternal de Dios cuando Jerusalén se queja y dice: “Mi Señor me ha abandonado; el Señor me ha olvidado”. Y Dios responde: “¿Acaso una mujer olvida a su hijo de sus entrañas y no se conmueve por él? Aunque la mujer olvide a su hijo, recuerda que yo nunca te olvidaré”.
Quedarse atascado en las imágenes arcaicas de Dios que encontramos en la Biblia y no abrir nuestro corazón a la nueva luz que progresivamente introdujeron los profetas nos priva lastimosamente de experimentar su infinito Amor.
Los fariseos y saduceos que se enfrentan a Jesús se han quedado atascados. Pegados a imágenes arcaicas; no han abierto sus corazones al mensaje de los profetas, no han asimilado la sensibilidad espiritual de los salmistas. En efecto, estos fariseos y saduceos no están preparados para captar a ese Jesús que tienen ante ellos. No ven en él la plena revelación de la belleza del rostro de Dios. Hubiera bastado con mirarle, pero antes tendrían que haberse dejado preparar por las Escrituras.
Jesús ama a estos hombres, sus oponentes; quiere liberarlos de la sujeción y del temor de Dios; quiere que ellos también sean felices, partícipes de la alegría de los que son conscientes de ser amados incondicionalmente por el Dios verdadero. Entonces, ¿qué hace Jesús? No habla de obedecer. En los Evangelios nunca se dice que haya que obedecer. A Jesús le obedecen el viento, los espíritus malignos, las olas del mar; nunca las personas. Nunca Jesús dice que sea necesario obedecer, ni siquiera a Dios. El Hijo de Dios no obedece; se parece al Padre del cielo. En los Evangelios, no existe el término ‘obediencia’ (ὑπακοή, hutapoé); no existe. Obedecer a Dios significa obedecer a la identidad de hijos e hijas que él nos ha dado, reconocerla y vivir conforme esa identidad.
Incluso cuando Jesús obedece a su Padre, no obedece órdenes, obedece a su identidad de Hijo. En su respuesta, Jesús no recuerda orden y deberes a la obediencia: recuerda la profesión de fe que el judío piadoso recita dos veces al día, por la mañana y por la tarde, frente a Jerusalén. De hecho también hay una tercera vez en la que el judío hace esta profesión de fe y es antes de dormir. Esta profesión de fe es la que se encuentra en el capítulo 6 del libro del Deuteronomio, el famoso Shema Israel: שְׁמַע יִשְׂרָאֵל יְהוָה אֱלֹהֵינוּ יְהוָה אֶחָד׃ Šəmaʿ Yīsrāʾēl YHWH ʾĕlōhēnū YHWH ʾeḥād. (“El Señor es nuestro Dios. El Señor es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”).
¿Qué significa amar a Dios con todo el corazón? El corazón para nosotros es el centro de las emociones y también así lo creía el pueblo de Israel,sSin embargo, para ellos el corazón era también el centro de todos los pensamientos, de todas las elecciones, de todas las decisiones. “Con todo el corazón” significa que no quedan en él espacios que no pertenezcan a Dios. Todas las decisiones, todos los pensamientos, todas las elecciones se hacen en sintonía con él; no hay espacios reservados para otros, para los ídolos. El Dios de Israel es un Dios celoso. Si atas tu corazón un poco a él y un poco a los amantes, no serás feliz, no te realizarás plenamente como su hijo o su hija. Bien sabemos que los amantes no aceptan que la persona amada comparta el corazón con otro. La quieren toda para sí. Sabemos que al esposo, a la esposa, les encanta que les digan: “soy todo tuyo”, “soy toda tuya”. Ese es el corazón que Dios quiere; si estás verdaderamente enamorado de Dios y te dejas envolver en este amor, debes estar totalmente unido a él.
¿Y qué significa amarlo con toda el alma? ”Alma” (ψυχή, psyjé, en griego y נֶ֫פֶשׁ, nefesh,en hebreo) significa toda la persona. No hay espacios en la vida que se puedan reservar para complacer a nuestros ídolos, a nuestro orgullo, a nuestra pereza, a nuestra vanidad, no. Toda la persona se entrega al único amor.
Y con toda la mente. ¿En quién piensa el que ama? En la persona amada. Y todo lo que ve le recuerda a la persona amada. Una melodía le recuerda a la persona amada, la flor le recuerda cuando juntos hicieron la primera declaración de amor… Todo le recuerda a la persona amada. Por tanto, el interés del verdadero creyente está puesto en la búsqueda de Dios. El pensamiento está constantemente dirigido a él, como el enamorado y la amante, y, por tanto, la verdadera fe, la verdadera adhesión a Dios, dice Jesús, debe implicar también la mente.
Esto no estaba en el libro de Deuteronomio. En la profesión de fe se dice: “con todo tu rostro” y es lo que se traduce “con todo el corazón, con toda el alma, con toda la fuerza”. Jesús añade “con toda la mente”. Es decir que la adhesión a Dios es el resultado de una elección meditada, consciente, razonable, como todo amor verdadero; de lo contrario son infatuaciones que no se sostienen –cuando sólo se está infatuado, llega un nuevo amante e inmediatamente se olvida el primer amor–.
Esa es la adhesión a Dios que pide Jesús. “Con toda la mente” significa saber dar razones de la propia elección de fe, que deben ser muy razonables. El verdadero enamoramiento proviene del descubrimiento de la belleza de la persona amada. Por tanto, si no conoces a Jesús a través de su Evangelio, tu adhesión a él será siempre muy pobre, se reducirá a un fácil enamoramiento momentáneo que luego, como todos los amores frágiles que no tienen base también en la inteligencia pronto fracasarán. Así pues, recordemos que quien no dedica tiempo al estudio de la palabra de Dios significa que no ama con toda su mente; el que no es capaz de dar razones de su elección, no ama con toda su mente.
Los presentes debieron quedar sorprendidos y desconcertados por la respuesta de Jesús; sin duda fue para ellos un momento de desconcierto. Apenas se recuperaron, Jesús introdujo un segundo amor tan grande como el primero. Escuchemos:
“Pero el segundo es equivalente: «Amarás al prójimo como a ti mismo». De estos dos mandamientos dependen la ley entera y los profetas”.
Jesús intentó hacer reflexionar a los saduceos y a los fariseos sobre la profesión que repetían todos los días. “Amarás al Señor tu Dios”, dijo Jesús, no se refiere a la sujeción, a la obligación de obedecer los mandatos, a los preceptos por miedo al castigo. Ésta es una forma pagana de tratar al Señor. Y él, como quiere hacerlos felices, intenta por todos los medios de introducirlos en la nueva relación con el Señor, una relación que les dé alegría porque les hace sentirse amados incondicionalmente. Si te comportas mal, no serás feliz, pero él te sigue amando. Y cuando te sientas amado gratuitamente, tú también aprenderás a amar gratuitamente.
De hecho, Jesús sigue hablando de amar porque estamos hechos para amar. Dios nos ha programado para ello. Amar no significa ir buscando lo que nos gusta; amar significa mirar a nuestro alrededor para ver a quién podemos hacer feliz. Y por eso nuestra mirada se dirige primero hacia arriba porque estamos llamados a hacer feliz a Dios con nuestro amor. Y lo podemos hacer feliz viviendo en armonía con sus pensamientos y sus sentimientos… Como la esposa es feliz cuando está en plena sintonía y armonía con el esposo.
Además, nuestra mirada no sólo se dirige hacia arriba –no sólo debemos hacer feliz a Dios–. Estamos programados para hacer felices también a los que vemos a nuestro lado, al hermano que necesita de nuestro servicio, de nuestro amor. Esta es la razón por la que al primer ‘amarás’, hacia arriba, Jesús añade inmediatamente un segundo: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús no inventó este segundo ‘amarás’; lo tomó del libro del Levítico donde Dios hace una recomendación conmovedora: “No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18). Y por prójimo se entiende a Israel.
Yo traduciría la expresión לֹֽא־ תִקֹּ֤ם וְלֹֽא־ תִטֹּר֙ אֶת־ בְּנֵ֣י עַמֶּ֔ךָ וְאָֽהַבְתָּ֥ לְרֵעֲךָ֖ כָּמֹ֑וךָ אֲנִ֖י (lō-ṯiq-qōmwə-lō-ṯiṭ-ṭōr’eṯ-bə-nê‘am-me-ḵā, wə-’ā-haḇ-tālə-rê-‘ă-ḵākā-mō-w-ḵā) como “Amarás al que está a tu lado” (kā-mō-w-ḵā), al que es como tú. En el capítulo 58 el profeta Isaías dice: “Es tu propia carne”.
Si reflexionáramos sobre esta verdad –que aquel que vemos a nuestro lado es como nosotros, de nuestra misma carne–, ¿acaso no pensaríamos antes de cometer ciertos crímenes?
No obstante, esto del amor a quien pertenece a tu pueblo es sólo el primer paso. El amor tal y como lo entiende Jesús no se detiene aquí; la mirada debe ir más allá de lo que es el propio pueblo. Ya el Antiguo Testamento se había dado un paso más allá. El Señor había dejado claro a su pueblo que el amor debía ir más allá de las fronteras de los israelitas. En el libro del Deuteronomio, hay una conmovedora recomendación: “Dice el Señor: «Tu Dios ama al extranjero, le da pan y vestido». Por tanto, ama al extranjero y recuerda que ustedes también fueron extranjeros en Egipto; amen al extranjero”. Pero ¿cómo hace Dios para alimentar y vestir al extranjero? Nos dice de nuevo el libro del Deuteronomio, siempre con una disposición conmovedora, en el capítulo 24: “Cuando siegues tu campo y se te olvide un panel de espigas, no volverás a recogerlo; será para el extranjero”. Esto es muy bello. Decían los rabinos: “¿Saben cómo el Señor alimenta al forastero? Haciendo olvidar algunas espigas a uno de su pueblo”. Y, siempre en el capítulo 24, agrega: “Cuando vendimies ti viña, no volverás a recoger todos los racimos de uvas; cuanto hayas olvidado, será para el extranjero”. He aquí otro pasaje que muestra hacia dónde debe ir este segundo ‘amarás’.
Pero Jesús fue incluso más allá. La medida del amor hacia el otro no es que sea “como a ti mismo” sino “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. El amor del que Jesús habla supone estar dispuesto a dar la vida. Y además, en labios de Jesús, el término ‘prójimo’ incluye a toda persona; todos son hermanos, hijos e hijas del único Padre. Y hay que dar todavía un último paso, el más difícil, para llegar a la aceptación completa de este ‘amarás’ que encontramos en labios de Jesús. Tiene ahora un significado mucho más amplio que lo que significaba en el libro del Levítico y en el Deuteronomio: debe alcanzar también al enemigo. Cuando miras a tu alrededor y tu enemigo te necesita, para ser feliz debes ponerte a disposición e incluso dar tu vida por los que te han hecho daño: “Ahora les digo, amen a sus enemigos, recen por los que los persiguen”.
¿Por qué razón? No para obtener méritos en el cielo, no, sino para ser hijos de su Padre celestial. No hay mayor recompensa que oír del Padre celestial: “Amas de tal modo que me reconozco tu Padre; eres realmente mi hijo porque amas como yo amo, incondicionalmente”. Sin este amor a nuestro hermano, incluso el amor hacia Dios no existe y, de hecho, lo dice la Primera Carta de Juan en el capítulo 4: “Si uno dice: «amo a Dios»pero no ama a su hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo puede decir que ama a Dios a quien no ve?” Este es el mandamiento que hemos recibido de él: Quien ama a Dios ame también a su hermano.
Así vemos cómo este ‘amarás’ no es un mandamiento que viene de fuera sino de nuestra propia naturaleza de hijos de Dios. Nuestra naturaleza está programada para el amor, nos lleva a amar. La semilla de la vida que recibimos del Padre del cielo se manifiesta al dejarnos guiar por nuestra identidad de hijos de Dios. Y puesto que toda persona ha recibido este don de la naturaleza divina, no debería sorprender que incluso los que no han conocido el Evangelio puedan llegar a amar hasta al enemigo, porque es la naturaleza del hijo y de la hija de Dios la que le dicta el mandamiento de amar.
Sin embargo, también observamos que es difícil amar al propio hermano cuando no hay referencia al amor a Dios. Al que no tiene detrás la fe y no ha tomado conciencia de estar implicado en el amor incondicional del Padre del cielo, le resultará mucho más difícil amar en ciertas situaciones, como perdonar al cónyuge una traición, hacer el bien a alguien que te ha agraviado muy seriamente, soportar a las personas desagradables y, sobre todo, desprender tu corazón de tus posesiones para ponerlas a disposición de cualquiera que esté en necesidad… aunque sea un enemigo. Si no conoces el Evangelio y no te mantienes constantemente en contacto con el mensaje de Jesús de Nazaret te resultará todo esto mucho más difícil.
Jesús continúa diciendo que de estos dos mandamientos ‘dependen’ toda la Ley y los profetas. Aquí hay un verbo griego muy importante: κρέμαται (krématai) que se traduce como “dependen”. Alude conceptualmente a un gancho, a un punto firme que mantiene unido todo lo demás. Del mismo modo, todo el mensaje bíblico de Jesús está conectado a estos dos ‘amarás’ como a un gancho en el que se apoya toda la palabra del Señor.
No observamos respuesta alguna por parte de los fariseos y los saduceos. Sin embargo, por los acontecimientos que siguen, llegaremos a la conclusión de que ni siquiera Jesús fue capaz de despegarlos de sus convicciones. Ellos siguieron adorando a su dios, ese dios legislador-justiciero. Siguieron adorando a ese dios y será precisamente por el amor que sienten por ese dios que llegarán a condenar a Jesús.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.
