TERCERA SEMANA DE PASCUA VIERNES
Ciclo del Leccionario: I,II
Introducción
CRISTO VIVE EN MÍ
Oración Colecta
Oh Dios, fuente de vida y de amor:
¿Cómo podríamos comprender la profundidad de tu amor
si tu Hijo no se hubiera hecho hombre,
carne de nuestra carne, y sangre de nuestra sangre?
¿Cómo hubiéramos podido tener el valor
de vivir, e incluso morir –si fuera necesario–,
los unos por los otros,
si Jesús no hubiera entregado su cuerpo
y derramado su sangre por nosotros?
Te damos gracias, Padre,
porque él permanece con nosotros en la Eucaristía
y se hace a sí mismo nuestro pan espiritual de cada día.
Que este pan sea el alimento que nos habilite
para vivir y morir, como él,
los unos por los otros y para ti,
nuestro Dios de vida,
por los siglos de los siglos.
Primera Lectura
En esta Primera Lectura escucharemos un relato estremecedor: Saulo, fervoroso perseguidor de los seguidores de Cristo, en plena acción contra ese nazareno crucificado del que se decía que había vencido la muerte y era Dios, será tirado del caballo, sacado abruptamente de juego. Y allí, en el piso, tendido a su suerte, le saldrá al encuentro aquel que a quien perseguía con dura pasión.
En aquellos días, Saulo, amenazando todavía de muerte a los discípulos del Señor, fue a ver al sumo sacerdote y le pidió, para las sinagogas de Damasco, cartas que lo autorizaran para traer presos a Jerusalén a todos aquellos hombres y mujeres seguidores del Camino.
Pero sucedió que, cuando se aproximaba a Damasco, una luz del cielo lo envolvió de repente con su resplandor. Cayó por tierra y oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Preguntó él: "¿Quién eres, Señor?" La respuesta fue: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate. Entra en la ciudad y allí se te dirá lo que tienes que hacer".
Los hombres que lo acompañaban en el viaje se habían detenido, mudos de asombro, pues oyeron la voz, pero no vieron a nadie. Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía abiertos los ojos, no podía ver. Lo llevaron de la mano hasta Damasco y allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo que se llamaba Ananías, a quien se le apareció el Señor y le dijo: "Ananías". Él respondió: "Aquí estoy, Señor". El Señor le dijo: "Ve a la calle principal y busca en casa de Judas a un hombre de Tarso, llamado Saulo, que está orando". Saulo tuvo también la visión de un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para que recobrara la vista.
Ananías contestó: "Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus fieles en Jerusalén. Además, trae autorización de los sumos sacerdotes para poner presos a todos los que invocan tu nombre". Pero el Señor le dijo: "No importa. Tú ve allá, porque yo lo he escogido como instrumento, para que me dé a conocer a las naciones, a los reyes y a los hijos de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi causa".
Ananías fue allá, entró en la casa, le impuso las manos a Saulo y le dijo: "Saulo, hermano, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me envía para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo". Al instante, algo como escamas se le desprendió de los ojos y recobró la vista. Se levantó y lo bautizaron. Luego comió y recuperó las fuerzas. Se quedó unos días con los discípulos en Damasco y se puso a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús era el Hijo de Dios.
Salmo Responsorial
R. (Mc 16, 15) Que aclamen al Señor todos los pueblos. Aleluya.
Que alaben al Señor, todas las naciones,
que lo aclamen todos los pueblos.
R. Que aclamen al Señor todos los pueblos. Aleluya.
Porque grande es su amor hacia nosotros
y su fidelidad dura por siempre.
R. Que aclamen al Señor todos los pueblos. Aleluya.
Aclamación antes del Evangelio
R. Aleluya, aleluya.
El que come mi carne y bebe mi sangre,
permanece en mí y yo en él, dice el Señor.
R. Aleluya.
Evangelio
El Señor nos dice hoy en el evangelio: “Los que comen mi carne y beben mi sangre viven en mí y yo en ellos”. Y sale a nuestro encuentro en la Eucaristía para transformarnos para siempre.
En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?"
Jesús les dijo: "Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.
Éste es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre''.
Esto lo dijo Jesús enseñando en la sinagoga de Cafarnaúm.
Oración de los Fieles
Señor Dios que, con la conversión de San Pablo, nos demuestras que tú vienes a buscar y levantar lo que estaba perdido y que, al margen de todos los prejuicios humanos, transformas a los impensados, te oramos juntos diciendo: R/Conviértenos también a nosotros, Señor.
– Por la Iglesia de Dios, para que la eucaristía siga siendo la fuente de su vitalidad y de su habilidad para dar testimonio de la presencia del Señor en su comunidad, roguemos al Señor.
– Por los cristianos de todo el mundo, para que tengan hambre y sed de justicia, roguemos al Señor.
– Por nosotros y por todos los cristianos que nos reunimos en torno a la mesa del Señor, para que Cristo nos una –mente y corazón– y nos haga mesas bien provistas, abiertas y preparadas para los hermanos, roguemos al Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios nuestro amoroso:
Como un Padre que se preocupa profundamente,
nos invitas al banquete de tu Hijo.
Él transformará el pan en su carne,
el vino en bebida de vida.
Haz que seamos uno con él;
calma nuestra hambre con su Pan
y rejuvenécenos con su bebida,
para que vivamos su vida de valentía y entrega
y para que vivamos con él en tu amor,
ahora y por los siglos de los siglos.
Oración después de la Comunión
Gracias, oh Dios, Padre nuestro,
por sustentarnos en el camino hacia ti
con el verdadero Pan y bebida de vida,
tu Hijo Jesucristo.
Que en ésta, y en cada eucaristía,
se encarne él en nosotros
y nos haga encontrarnos con él tan profundamente
que seamos capaces de hacer los unos por los otros
lo que él hizo por todos.
Que Cristo viva en nosotros
ahora y por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: Pablo encontró al Señor y se transformó en una persona totalmente nueva, completamente cambiada. Nuestro encuentro con el Señor en la Eucaristía debería producir en nosotros la misma transformación, ya que Jesús nos dijo hoy: “Los que comen mi carne y beben mi sangre viven en mí y yo en ellos”. Que él viva plenamente en nosotros. Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros y permanezca para siempre.
