DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO SÁBADO
PROFETAS MOLESTOS
Otras Celebraciones para este Día:
Ciclo del Leccionario: II
Introducción
Oración Colecta
Señor Dios nuestro:
Tú sabes lo inclinados que estamos a resistir
el fuerte impacto del Evangelio
de tu Hijo Jesucristo,
porque nos gusta oír solo lo que nos agrada.
Que tu Santo Espíritu nos dé la fuerza
para aceptar la conversión y el desprendimiento
que el Evangelio exige
y para acoger a las personas
que nos recuerdan tu Palabra
en el nombre de Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura
Jeremías salva su vida por el favor de Dios. Es rechazado por los mismos sacerdotes y profetas porque su palabra es una espada que desnuda las intenciones que los mueven. Son los príncipes los que reconocen en su palabra la voz de Dios.
Los sacerdotes y los profetas dijeron a los dignatarios y a la gente: –Este hombre merece la muerte por haber profetizado contra esta ciudad; ustedes mismos lo han oído.
Contestó Jeremías a los dignatarios y al pueblo: –El Señor me envió a profetizar todo lo que han oído contra este templo y esta ciudad.
Y ahora corrijan su conducta y sus acciones, obedezcan al Señor, su Dios, y el Señor se arrepentirá de las amenazas que ha proferido contra ustedes.
Yo estoy en sus manos: hagan de mí lo que mejor les parezca.
Pero sepan que si me matan, serán responsables de sangre inocente ustedes, la ciudad y sus vecinos. Porque ciertamente el Señor me ha enviado a ustedes a predicarles todo lo que he dicho.
Los dignatarios y toda la gente dijeron a los sacerdotes y profetas: –Este hombre no merece la muerte, porque nos ha hablado en Nombre del Señor, nuestro Dios.
Entonces Ajicán, hijo de Safín, se hizo cargo de Jeremías para que no lo entregaran a ser ejecutado por el pueblo.
Salmo Responsorial
R. (cf. 14) Por tu gran misericordia, escúchame, Señor.
Sácame de este cieno,
no vaya a ser que no me hunda;
ponme a salvo, Señor, de los que me odian
y de estas aguas tan profundas. R.
R. Por tu gran misericordia, escúchame, Señor.
No dejes que me arrastre la corriente
y que me trague el remolino;
no dejes que se cierre sobre mí
la boca del abismo. R.
R. Por tu gran misericordia, escúchame, Señor.
Mírame enfermo y afligido;
defiéndeme y ayúdame, Dios mío.
En mi cantar exaltaré tu nombre,
Proclamaré tu gloria, agradecido. R.
R. Por tu gran misericordia, escúchame, Señor.
Se alegrarán al verlo los que sufren;
quienes buscan a Dios tendrán más ánimo,
porque el Señor jamás desoye al pobre,
no olvida al que se encuentra encadenado. R.
R. Por tu gran misericordia, escúchame, Señor.
Aclamación antes del Evangelio
R. Aleluya, aleluya.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los cielos, dice el Señor.
R. Aleluya.
Evangelio
La cruenta muerte de Juan, el Bautista, el precursor del Salvador, nos habla de la santidad y la valentía del profeta que, habiendo cumplido su obra, se entrega a su destino en paz.
Muerte de Juan el Bautista
Por aquel tiempo oyó el tetrarca Herodes la fama de Jesús
y dijo a sus servidores:
—Ése es Juan el Bautista que ha resucitado, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos.
Herodes había hecho arrestar a Juan, encadenarlo y meterlo en prisión por instigación de Herodías, esposa de su hermano Felipe.
Juan le decía que no le era lícito tenerla.
Herodes quería darle muerte, pero le asustaba la gente, que consideraba a Juan como profeta.
Llegó el cumpleaños de Herodes y la hija de Herodías bailó en medio de todos. A Herodes le gustó tanto
que juró darle lo que pidiera.
Ella, inducida por su madre, pidió:
—Dame aquí, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.
El rey se sintió muy mal; pero, por el juramento y por los convidados, ordenó que se la dieran;
y así mandó decapitar a Juan en la prisión.
La cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la joven; ella se la entregó a su madre.
Vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron; después fueron a contárselo a Jesús.
Oración de los Fieles
– Por todos los ministros de la Palabra y por todos los cristianos. Para que tengamos el valor de llevar a cabo nuestra tarea profética proclamando el Evangelio a un mundo escéptico, roguemos al Señor.
– Por los profetas que viven entre nosotros, enviados por Dios para arrancarnos de nuestra auto-complacencia. Para que no los amordacemos ni silenciemos, sino que prestemos atención a su llamado a la conversión, roguemos al Señor.
– Por todos nosotros. Para que el Señor nos dé voz firme y audacia para hablar claro por y en favor de los sin voz y de los que son privados de sus derechos más fundamentales, roguemos al Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
Traemos este pan y este vino ante ti
para que Jesús, el profeta de tu Buena Nueva,
esté vivo entre nosotros.
Ábrenos a tus conmovedoras palabras
que nos llaman a superar nuestros miedos
y los refugios de seguridad
fabricados por nosotros mismos.
Haznos tu Pueblo.
Haz que sea totalmente verdadero en nosotros
que nos has hecho libres
por el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
Jesucristo, nuestro Señor.
Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
En esta celebración eucarística
nos has cuestionado por nuestra mediocridad
y nuestra autocomplacencia
por medio de la Palabra y el ejemplo de tu Hijo.
No permitas que sofoquemos
su grito que nos exige una vida auténtica
en favor tuyo y de los que nos has encomendado.
En los acontecimientos cotidianos
y en las personas de nuestro tiempo
sigue hablándonos tu Palabra, siempre nueva,
de libertad y esperanza
por la que Cristo entregó su vida.
Que él sea nuestro Señor,
por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: Debemos ser muy agradecidos cuando alguien nos confronta con la verdad sobre nosotros mismos, especialmente cuando esa verdad nos duele. Es una espléndida ocasión para cambiar y procurar ser mejores. Que la bendición de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.
