Nahún
Capítulo 2
Fiesta en Jerusalén
Miren, ya se acerca por los cerros
el mensajero que anuncia la paz;
Celebra tu fiesta, Judá,
cumple tus promesas,
que el Criminal
no volverá a atravesarte
porque ha sido aniquilado;
Asalto y conuista de Nínive
Que te asaltan los arietes
y se estrecha el cerco:
vigila las entradas,
prepárate para luchary redobla tus fuerzas.
Porque el Señor restablece la gloria de Jacob, la gloria de Israel, a quien habían asaltado salteadores, destruyendo sus ramas.
Asalto y conquista de Nínive El escudo de la tropa está rojo y los soldados visten de púrpura, reluce en los carros el brillo del acero cuando se forman para la batalla.
Los jinetes vertiginosos, los carros enloquecidos se lanzan por calles y callejas revolviéndose como antorchas o relámpagos.
Convoca a sus capitanes que tropiezan unos con otros, al correr hacia las murallas y se asegura la defensa.
Se abren las compuertas de los ríos y el palacio se derrumba;
hacen formar y salir a los cautivos, conducen a las esclavas, que se golpean el pecho gimiendo como palomas.
Nínive es un estanque cuyas aguas se escapan: ¡Deténganse, deténganse!, pero nadie se vuelve.
Roben la plata, roben el oro, la riqueza es inacabable, qué abundancia de toda clase de objetos preciosos.
¡Destrucción, desolación, devastación! El valor se funde, vacilan las rodillas, se estremecen los cuerpos, el rostro pierde el color.
¿Dónde está la cueva de los leones, el pastizal de los cachorros; adonde iban sin asustarse el león con la leona y sus crías?
El león que hacía presas para sus cachorros y despedazaba para sus leonas, su cueva se llenaba de víctimas, su guarida de despojos.
¡Aquí estoy yo contra ti! –oráculo del Señor de los ejércitos–. Arderán humeando tus carros y la espada devorará tus cachorros, extirparé de la tierra tus presas y no volverá a sonar la voz de tus mensajeros.
