1

 Recuerda, Señor, lo que nos ha pasado; mira y fíjate en nuestras afrentas.

2

 Nuestra herencia ha pasado a los bárbaros; nuestras casas, a extranjeros;

3

 hemos quedado huérfanos de padre y nuestras madres han quedado viudas.

4

 Tenemos que comprar el agua que bebemos y pagar la leña que nos llevamos.

5

 Nos empujan con un yugo al cuello, nos fatigan sin darnos descanso.

6

 Hemos pactado con Egipto y Asiria para saciarnos de pan.

7

 Nuestros padres pecaron, y ya no viven, y nosotros cargamos con sus culpas.

8

 Unos esclavos nos han sometido y nadie nos libra de su poder.

9

 Arriesgamos la vida por el pan, porque la espada amenaza en descampado.

10

 Nuestra piel quema como un horno, torturada por el hambre.

11

 Violaron a las mujeres en Sión y a las doncellas en los pueblos de Judá;

12

 con sus manos colgaron a los príncipes, sin respetar a los ancianos;

13

 forzaron a los jóvenes a mover el molino, y los muchachos sucumbían bajo cargas de leña.

14

 Los ancianos ya no se sientan a la puerta, los jóvenes ya no cantan;

15

 ha cesado el gozo del corazón, las danzas se han vuelto duelo;

16

 se nos ha caído la corona de la cabeza: ¡ay de nosotros, que hemos pecado!

17

 Por eso está enfermo nuestro corazón y se nos nublan los ojos,

18

 porque el monte Sión está desolado y los zorros se pasean por él.

19

 Pero tú, Señor, eres rey por siempre, tu trono dura de edad en edad.

20

 ¿Por qué te olvidas siempre de nosotros y nos tienes abandonados por tanto tiempo?

21

 Señor, haznos volver hacia ti y volveremos, renueva los tiempos pasados,

22

 ¿o es que ya nos has rechazado, que tu enojo no tiene medida?

Comentarios

5:1 - 5:22

Quinta lamentación.

Estamos ante un típico ejemplo de «plegaria» –como Sal 44; 60; 74; 79; 80; 83–, con sus características habituales: uso del «nosotros», descripción del desastre e invocación a Dios. Se puede dividir en tres partes: la situación de los supervivientes (1-18), la invocación confiada a Dios (19-21) y el lamento final (22). ¿Qué hacer cuando nos salen al encuentro el sufrimiento y la desgracia? Ante la reacción espontánea de culpar a Dios y alejarnos de Él en un gesto de despecho y desencanto, esta lamentación nos enseña otro camino: el de la plegaria y la oración. Es el momento de descubrir el sentido misterioso del dolor, el rostro del Dios verdadero, capaz de transformar nuestra desolación en un camino de solidaridad y esperanza.


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