Lamentaciones
Capítulo 5
Recuerda, Señor, lo que nos ha pasado; mira y fíjate en nuestras afrentas.
Nuestra herencia ha pasado a los bárbaros; nuestras casas, a extranjeros;
hemos quedado huérfanos de padre y nuestras madres han quedado viudas.
Tenemos que comprar el agua que bebemos y pagar la leña que nos llevamos.
Nos empujan con un yugo al cuello, nos fatigan sin darnos descanso.
Hemos pactado con Egipto y Asiria para saciarnos de pan.
Nuestros padres pecaron, y ya no viven, y nosotros cargamos con sus culpas.
Unos esclavos nos han sometido y nadie nos libra de su poder.
Arriesgamos la vida por el pan, porque la espada amenaza en descampado.
Nuestra piel quema como un horno, torturada por el hambre.
Violaron a las mujeres en Sión y a las doncellas en los pueblos de Judá;
con sus manos colgaron a los príncipes, sin respetar a los ancianos;
forzaron a los jóvenes a mover el molino, y los muchachos sucumbían bajo cargas de leña.
Los ancianos ya no se sientan a la puerta, los jóvenes ya no cantan;
ha cesado el gozo del corazón, las danzas se han vuelto duelo;
se nos ha caído la corona de la cabeza: ¡ay de nosotros, que hemos pecado!
Por eso está enfermo nuestro corazón y se nos nublan los ojos,
porque el monte Sión está desolado y los zorros se pasean por él.
Pero tú, Señor, eres rey por siempre, tu trono dura de edad en edad.
¿Por qué te olvidas siempre de nosotros y nos tienes abandonados por tanto tiempo?
Señor, haznos volver hacia ti y volveremos, renueva los tiempos pasados,
¿o es que ya nos has rechazado, que tu enojo no tiene medida?

Comentarios
Quinta lamentación.
Estamos ante un típico ejemplo de «plegaria» –como Sal 44; 60; 74; 79; 80; 83–, con sus características habituales: uso del «nosotros», descripción del desastre e invocación a Dios. Se puede dividir en tres partes: la situación de los supervivientes (1-18), la invocación confiada a Dios (19-21) y el lamento final (22). ¿Qué hacer cuando nos salen al encuentro el sufrimiento y la desgracia? Ante la reacción espontánea de culpar a Dios y alejarnos de Él en un gesto de despecho y desencanto, esta lamentación nos enseña otro camino: el de la plegaria y la oración. Es el momento de descubrir el sentido misterioso del dolor, el rostro del Dios verdadero, capaz de transformar nuestra desolación en un camino de solidaridad y esperanza.