1

 Y despacharon una embajada con esta propuesta de paz:

2

 –Aquí nos tienes, siervos del emperador Nabucodonosor, postrados ante ti. Trátanos como mejor te parezca.

3

 Tienes a tu disposición nuestras casas y todo nuestro territorio, los campos de trigo, nuestras ovejas y vacas, todos los establos de nuestros poblados; dispón de ellos como gustes.

4

 Nuestras ciudades y sus habitantes son tus esclavos; avanza hacia ellas en el plan que prefieras.

5

 Los embajadores se presentaron a Holofernes y le transmitieron el mensaje.

6

 Entonces Holofernes bajó con su ejército hacia la costa del mar, dejó guarniciones en las ciudades fortificadas y se llevó gente escogida para servicios auxiliares.

7

 Por toda la región lo recibieron con coronas, danzas y panderos.

8

 Pero él destruyó sus santuarios, taló los árboles sagrados y se dedicó a exterminar todos los dioses del país, para que todas las naciones adoraran sólo a Nabucodonosor y todas las tribus lo invocasen como dios, cada una en su lengua.

9

 Cuando llegó a la vista de Esdrelón, cerca de Dotán, que está frente a la serranía de Judá,

10

 acampó entre Gabá y Escitópolis, y allí se quedó un mes, reuniendo provisiones para el ejército.

Comentarios

1:1 - 7:32

La gran amenaza.

Esta primera parte del libro gira en torno a la creciente amenaza que se cierne sobre el pueblo judío. El emperador no se contenta con imponerse como mandatario único, sino, además, como dios, con todo lo que ello implica. Así pues, esta pieza literaria, aunque cargada de ficción, se convierte en una invitación a resistir a todo aquello que, por encima de Dios, pretende imponerse como la única alternativa de vida en el mundo.

2:14 - 3:10

El general Holofernes.

Las órdenes de Nabucodonosor, como palabras divinas, son cumplidas de inmediato por su general. En pocas líneas se describe una campaña que tardaría meses en realizarse; el avance del exagerado ejército es sencillamente avasallador. En 3,1-4, encontramos tres expresiones de la más absoluta y absurda sumisión: la sumisión de las personas, la entrega de los bienes de sustento y la entrega de ciudades y territorios. Con todo, al imperio no le basta solo el sometimiento político y económico; también es necesario el sometimiento religioso, el cual hace valer Holofernes: destruye todo santuario, todo árbol sagrado, toda divinidad para entronizar a Nabucodonosor, a fin de que «todas las naciones adoraran solo a Nabucodonosor y todas las tribus lo invocasen como dios, cada una en su lengua» (3,8). 


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