1

Prólogo

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos, es lo que les anunciamos: la palabra de vida.

2

La vida se manifestó: la vimos, damos testimonio y les anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó.

3

Lo que vimos y oímos se lo anunciamos también a ustedes para que compartan nuestra vida, como nosotros la compartimos con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

4

Les escribimos esto para que la alegría de ustedes sea completa.

5

Luz y pecado 

Éste es el mensaje que le oímos y les anunciamos: que Dios es luz sin mezcla de tinieblas.

6

Si decimos que compartimos su vida mientras caminamos a oscuras, mentimos y no procedemos con sinceridad.

7

Pero si caminamos en la luz, como él está en la luz, estamos en comunión unos con otros y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.

8

Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros.

9

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de todo delito.

10

Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no está en nosotros.

Comentarios

1:1 - 1:4

Prólogo.

Al igual que el evangelio, esta carta abre con un solemne prólogo que profundiza en las relaciones entre Cristo, los apóstoles y los cristianos. 1. La encarnación de la Palabra es un hecho histórico que está en el origen de la predicación cristiana. 2. La experiencia personal de Juan y de los otros apóstoles se fundamenta en un contacto real, físico, muy subrayado (al menos siete veces) con Jesús. 3. Comunión de los cristianos en la experiencia de los primeros testigos. Estos comienzan la tradición viva que todavía continúa en la Iglesia: lo «que vimos y oímos se lo anunciamos también a ustedes» (1,3). Objetivo de este anuncio es llenar el corazón de alegría a quien lo da y a quien lo recibe (1,4) y crear la comunión en la fraternidad eclesial, que participa de la comunión con Dios Padre y con Jesús, el Hijo. Con estas gratas noticias, los cristianos quedamos inundados de una gran alegría.

1:5 - 2:2

Luz y pecado.

La imagen de la luz, que el cuarto evangelio refiere a Jesús (cfr. Jn 8,12), se aplica ahora a Dios, fuente de la revelación y de la santidad. Cada una de las formulaciones introducidas por esta expresión: «Si decimos» (6,8.10) expresa el sentir de los adversarios gnósticos, cuya doctrina san Juan combate. La verdad es la Palabra de Dios, proclamada por Jesús (8.10), que penetra en el creyente hasta transformar su vida. El apóstol insiste con sano realismo: somos pecadores. El pecado existe (8.10). La sentida conciencia de nuestro pecado no debe llevarnos a la desesperación, sino a renovar la fe en Cristo. Este aparece egregiamente señalado con tres funciones salvadoras. Es nuestro «Abogado» -Parakletos-. En el evangelio se aplica al Espíritu Santo (cfr. Jn 14,16.26), aquí se refiere a Jesucristo, el que intercede por nosotros en el tribunal de Dios. Es «Justo», no tanto en su esencia, sino en cuanto a la manifestación de su obra de salvación, puesto que perdona y justifica a los pecadores. Es «Víctima» de expiación (cfr. Éx 29,36s), indica el sacrificio voluntario de Cristo sobre la cruz (cfr. Ap 5,9s), que posee eficacia permanente y universal.


Scroll to Top