Se cierra la lamentación iniciada en 5,1 y la sección de los oráculos, iniciada en el capítulo 3, con este tercer «ay», que también tiene tintes de maldición y castigo. Israel atraviesa un buen momento. Su desagradable vecino del norte, Siria, con su capital, Damasco, que había tenido serias pretensiones de invasión y dominio sobre el territorio de Israel, ha recibido un durísimo golpe de Asiria. Tal coyuntura ha permitido a Israel gozar de un período de relativa paz y tranquilidad; recupera territorios perdidos y conquista otros nuevos; goza de prosperidad económica. He ahí por qué el profeta llama a Israel, con cierta ironía, «la primera de las naciones», pues así se sienten sus dirigentes. Pero dicha prosperidad y tranquilidad no son gratuitas, son frutos del empobrecimiento y explotación de mucha gente del pueblo. El mayor disgusto que siente el profeta y que pone en labios del Señor es que los líderes son indolentes ante la suerte del pueblo. Abundancia de pan y bebida, y despilfarro, todo a expensas del pueblo que vive en la miseria. Los vv. 8-11 concretan el desenlace fatal de la acusación. Queda claro que dicho desenlace ha sido causado por los propios responsables de la dirección del pueblo y de sus asuntos, porque, en medio del espejismo producido por el bienestar mal conducido, permitieron todo esto; su destino se lo buscaron ellos mismos (14).
