Sobre la sangre.

Para los semitas, la sangre es el elemento vital, de ahí las diversas regulaciones que fueron surgiendo a lo largo del tiempo respecto a los cuidados y las medidas necesarias. La orden de presentarse a la entrada de la tienda del encuentro con el animal que cualquier israelita quisiera consumir da a entender que era prácticamente imposible, para quienes vivían fuera de Jerusalén, consumir carne sin incurrir en infracción. La legislación al respecto era tan estricta, que a cualquiera que derramara sangre se le consideraba «reo de sangre», y por tanto debía ser excluido de la comunidad (4), incluso como una acción realizada por el mismo Dios (10). La obligatoriedad de ir hasta la entrada de la tienda para presentar la víctima ante el Señor podría ser una medida para evitar el ofrecimiento de animales a no se sabe qué divinidades o seres en las demás regiones del país; la medida se explica en el versículo 7: «En adelante no inmolarán sus víctimas a los demonios, con quienes se han prostituido». Al parecer, los campesinos y aldeanos creían en la presencia de seres misteriosos en el desierto; para «ganarse su favor», les ofrecían simbólicamente sus animales de consumo al momento de sacrificarlos. Esta costumbre parece connatural al ser humano. Se sabe que en culturas muy distantes de Israel, los indígenas vierten sobre la tierra la primera porción del agua que van a beber, de la chicha o del alimento, como una manera de congraciarse y mostrar gratitud a la «Pacha Mama» –madre tierra–, sin que por ello haya que afirmar que son idólatras.

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