Fiesta de la Expiación.

El día más solemne del ciclo sacrificial judío era el de la expiación, en hebreo «Yom Kippur». Se trataba de una ceremonia bastante compleja que incluía los siguientes animales para el sacrificio: 1. Un novillo, que corría por cuenta del sumo sacerdote, cuyo sacrificio expiaba por sí mismo y por su familia (6.11). Era la única vez al año que entraba en el Santo de los Santos y salpicaba con la sangre del animal la placa de oro o propiciatorio que estaba sobre el Arca (12.14). 2. Dos machos cabríos, ofrecidos por el pueblo. Sobre ellos echaba suertes para destinar uno al Señor y otro a Azazel (5-8). El que correspondía al Señor era sacrificado para la expiación del pueblo y, con parte de su sangre, hacía lo mismo que con la del novillo: salpicaba la placa de oro o propiciatorio y delante de él. Con ello expiaba por el santuario, por todas las impurezas y delitos de los israelitas y por sus pecados (15). Lo mismo debía hacer con la tienda del encuentro (16).
Lo más llamativo de todo este ceremonial era el momento en que se llevaba a cabo el rito con el animal destinado a Azazel, tal como describen los versículos 20-22. El sentido de este rito es absolutamente claro. El animal vivo es conducido al desierto, donde, por fuerza, morirá. No hay intención alguna de sacrificar al animal a ninguna potencia maligna. Solo se sabe que Azazel sería la personificación del mal, cuyo dominio y reinado se encontraban en el desierto. Devolver a su lugar todas las iniquida-des y pecados depositados en el chivo expiatorio, todavía vivo pero destinado a morir, era la forma en que el pueblo alejaba de sí todo cuanto obstaculizaba su pureza y se disponía a iniciar una nueva etapa en el camino de su santidad. Notemos que, a lo largo del ceremonial del día de la expiación, el pueblo no participa: todo se realizaba por el sumo sacerdote y sus ayudantes. La única función del pueblo era hacer penitencia (31).

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