Segundo «ay» en conexión con el primero, ya que se refiere a la acumulación de riquezas; solo que aquí entra en juego la figura de la casa, entendida en un doble sentido: el real, como lugar al que van a parar los bienes ajenos, y el metafórico, común en la Biblia, de descendencia o dinastía.

El profeta no invita a acciones violentas, pero sí vaticina un fin violento de estas casas, pues llevan dentro el instrumento de azote que acabará con ellas mismas.

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