Dios llama «príncipes de Sodoma» a los dirigentes de Judá y «pueblo de Gomorra» a sus súbditos. Junto al huérfano y la viuda, el inmigrante es un representante de los pobres desamparados que no tienen el poder de hacer valer sus derechos. La ejemplaridad del pueblo con respecto al culto es pura ironía, porque en realidad su liturgia es una pantomima, lo contrario del culto; es un anticulto: sus ofrendas están vacías y su incienso es execrable. El punto de inflexión es la llamada de Dios a la purificación (16) y a la conversión (18). La obediencia traerá abundancia en la cosecha; lo contrario, guerra y muerte (19-20).
