Dios inicia un pleito contra su pueblo rebelde y, para ello, convoca a los cielos y a la tierra como testigos (cfr. Dt 4,26; 32,1; Sal 50,4). El Señor acusa a su pueblo de no conocer (o reconocer) su identidad, su historia y su origen (2-3). Es un pueblo que carece de inteligencia y no sabe discernir que las calamidades que padece son fruto de su pecado y de su abandono de Dios (4-7). De todos modos, Dios no los extermina; deja un resto en Judá que se abre a las esperanzas de salvación para Jerusalén, la «ciudad sitiada» (8-9).
