Retorno de los desterrados.

Esta profecía alude al regreso de los desterrados de Asiria y Babilonia. Dicho destierro no había ocurrido todavía en la época del profeta, por lo tanto, este pasaje es muy posterior. El v. 11 nos da una idea de los lugares a los que fueron dispersos los israelitas; de ahí surge la gran esperanza en el retorno, siempre visto como obra amorosa de Dios que recogerá a su pueblo de todos esos países (cfr. Ez 11,17; 20,34.41; Sal 147,2). Después de la caída de Samaría en 721 a.C. y de la destrucción de Jerusalén en 586 a. C., muchos de sus habitantes fueron llevados cautivos a Babilonia y otros se dispersaron por Egipto, Fenicia e incluso por las islas griegas, donde muchos habrían sido vendidos como esclavos.

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