Prescripciones rituales.

Cierran el llamado «Código Deuteronómico» (capítulos 12–26) algunas prescripciones rituales relacionadas con la presentación de las primicias (1–11) y el reparto del diezmo trienal (12–15).
La presentación de las primicias va acompañada de la recitación personal de lo que, según muchos críticos, constituye el credo más antiguo de Israel. Los primeros frutos de una cosecha son un signo que hace caer en la cuenta del bienestar económico, del goce y del disfrute de un territorio. Además de eso, Israel tiene que mantener vivo el recuerdo de su procedencia, de su pasado de opresión y esclavitud en Egipto, donde el único que se «acordó» de ellos y «escuchó» sus clamores fue el Señor. Y no solo se acordó y escuchó, sino que obró por ellos portentos maravillosos para arrancarlos del poder del faraón y llevarlos a vivir la libertad en una tierra fértil. Solo en libertad es posible ofrecer al Señor tanto los frutos de la tierra como los de una conciencia renovada, capaz de emprender cada día nuevas tareas de solidaridad y justicia. En este mismo sentido de presentar a Dios las primicias, sin olvidar al prójimo, encontramos la ley de compartir, al menos cada tres años, una parte de las cosechas con el levita, el emigrante, el huérfano y la viuda (12). La abundancia y la prosperidad no pueden hacernos olvidar a los desposeídos de la sociedad, pues son ellos los más queridos al corazón de Dios; compartir con ellos es el signo más claro de bendición.
Termina el capítulo con la proclamación del compromiso fundamental de la Alianza (17-19), que se resume en el compromiso de Israel de ser el pueblo de Dios y en el compromiso di-vino de ser el Dios de Israel.

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