Se retoma la narración interrumpida en 11,1-3 para dar paso a las prescripciones sobre la Pascua. Se resalta el clamor de los hebreos, como en 3,7, donde el Señor intervenía al escuchar el clamor de los oprimidos; ahora, el clamor que se escucha por todo Egipto tiene como única respuesta la decisión del faraón de dejar salir, o mejor, expulsar a los israelitas, propiciándoles cuanto necesitan para su partida (35s). Podría decirse que se trata de una salida política que no implica la desaparición de la opresión faraónica. Esta va a continuar. Aquí hay una clave para entender este relato: el «primogénito» es, desde muy antiguo, el símbolo de la posibilidad que tiene la vida –humana y animal– de prolongarse y expandirse. Acabar con un primogénito supone eliminar la posibilidad de conservación y de multiplicación. Ahora bien, Egipto, como símbolo de opresión y muerte, es un sistema que no puede transmitir vida; él mismo ha ido acabando poco a poco con esa posibilidad. Por eso es un sistema que tiene que desaparecer, porque él mismo lleva dentro de sí las semillas no de la vida, sino de la muerte.
