El profeta es el hombre de Dios que proclama la Palabra de Dios, pero no como un mero altavoz; él es invitado a asimilarla—a comerla- (v. 2.10) y es llamado a ser fiel a ella, enfrentando la terquedad del pueblo al que es enviado (7) (cfr. 2 Tim 4,2). La madurez del profeta consiste en asumir la misión como un estilo de vida que no depende del resultado inmediato, ya sea éxito o fracaso. De repente, un viento poderoso levanta al profeta mientras oye el estruendo de la carroza del Señor avanzar (12-13). Ese poder lo lleva a orillas del río Quebar, donde se encontraba un grupo de deportados (14). Emocionalmente conmocionado por una experiencia tan intensa de Dios, permanece en silencio en ese sitio durante una semana (15).
