Maná y codornices.

«Dos meses y medio» después de salir de Egipto, se produce una protesta popular. El rigor del desierto y la carencia de las mínimas «seguridades» y «comodidades» que dejaron en Egipto (2) parecen ser el motivo por el que los israelitas estallan en una airada protesta contra sus líderes. Uno esperaría que la reacción del Señor contra este amotinamiento fuera de ira, pero su respuesta es serena y pacífica: habrá alimento para todos, todos los días; pero no solo eso, también habrá algunas disposiciones y mandatos para ver si el pueblo los cumple o no (4).
Tanto este capítulo como 15,22-27 y 17,1-7 son textos «programáticos», es decir, que describen el proyecto de vida que el pueblo debe asumir y que ayudan a formar nuestra propia conciencia personal y colectiva.
Aunque el desierto tiene características físicas –el pueblo tuvo que atravesar un desierto real–, aquí tiene un valor simbólico, como el espacio y el tiempo en los que la mentalidad de esclavo de Egipto debe desaparecer para dar paso a un nuevo ser, una criatura cuya conciencia y mentalidad tendrán que formarse conforme a la Ley del Señor. Se trata de establecer en el desierto, como lugar de la conciencia, lo que más convenga a la persona y al grupo. Los mandatos del Señor no son caprichos de un tirano, son las vías, las maneras en que el ser humano puede realmente llegar a encontrarse a sí mismo, vivir su libertad y su relación con los demás y con la creación. El desierto, como lugar de la conciencia, es el único camino para disfrutar de los bienes de la libertad, la solidaridad y la justicia.

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