Dios llama a juicio a su pueblo; Él es el juez y el acusador, el acusado es el pueblo, y los testigos son las montañas y las colinas del país (1s). El juez, Dios, comienza pidiendo al acusado, Israel, que haga memoria y recuerde bien cuáles fueron las acciones de Dios contra el pueblo para que ahora se comporte como un enemigo que cobra venganza (3-5). Mediante este recurso a la memoria, Israel reconoce que no ha correspondido en nada a las expectativas de Dios, admite su pecado y quiere resarcirlo, pero de manera torpe y equivocada: ¿Con cuál de los posibles sacrificios de expiación podré «apaciguar» al Señor? (6s). Con ninguno, porque no es eso lo que el Señor pide. Lo que el Señor espera es la práctica de la justicia y fidelidad a sus mandatos (8). El v. 9a es la respuesta de quien ha estado equivocado y reconoce su error. La segunda parte del capítulo (9b-12) expone con mayor detalle las acciones contrarias a la justicia que el pueblo ha cometido. De ahí que su destino sea cosechar lo que sembró (13-16).
