El panorama descrito aquí no puede ser más sombrío y desesperanzador. No hay ni un solo justo. Desde las más altas esferas de la sociedad, príncipes, dirigentes, jueces y administradores de los bienes, todos se han corrompido, y lo más selecto de la sociedad es comparable a la zarza y al espino, que no sirven para nada (4). Con la corrupción vino la inseguridad: no hay tranquilidad ni sosiego, ni siquiera en el espacio más reducido del hombre, su familia (6), ni con la persona con quien comparte la propia intimidad, la esposa (5). La corrupción, la inseguridad y la descomposición social y moral son lo que rodea al profeta. Ante la impotencia del profeta para cambiar esta situación, solo le queda esperar, confiado, la llegada del Señor, su Salvador.
