Un esclavo que huía de la casa de su amo no podía ser devuelto; si pedía asilo, se le debía conceder y permitirle vivir donde quisiera, sin ser molestado ni explotado. Esta ley, ya impregnada de Evangelio, nos recuerda la actitud adoptada por Pablo y solicitada a su amigo Filemón para con el esclavo Onésimo (cfr. Flm 8-20).
