Ley del rey.

Por 1 Sm 8,1-5 sabemos que la organización tribal en Israel fue diluyéndose hasta que se estableció la monarquía (1 Sm 8,6-22). Obviamente, la monarquía no fue un deseo del Señor, sino de las autoridades del pueblo. La corriente deuteronomista (D) se caracteriza por su posición crítica respecto a la gran mayoría de los reyes, pero no alcanza a descubrir que el problema era estructural, no simplemente coyuntural; era la estructura monárquica, con todo lo que representaba, la que abrió las puertas a la injusticia, a la división entre ricos y pobres, entre ciudad y campo. Por eso, 17,14-20 no es, en realidad, una advertencia «para cuando entres en la tierra…», sino la dolorosa constatación de todo cuanto había propiciado la monarquía como estructura de poder e instrumento de injusticia. Los versículos 18-20, que serían un llamado a la santidad del rey, son la prueba de que, por más santo que sea un dirigente –político, econó-mico, religioso–, no cambia en absoluto la raíz misma de la estructura hasta que esta no sea completamente transformada. Eso lo entendió perfectamente Jesús, y en esa clave habría que leer el pasaje de las tentaciones que nos presentan los sinópticos (cfr. Mc 1,12s; Mt 4,1-11; Lc 4,1-13), su abierto rechazo a ser proclamado rey (Jn 6,15) y sus duras palabras contra Pedro cuando se opone a que él realice su función mesiánica desde la entrega y el servicio. Ese mismo criterio, esa misma intuición y ese mismo descubrimiento que hace Jesús, son el camino de la realización de nuestro proyecto cristiano en el mundo. ¿No será acaso necesario redescubrirlo?

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