Este relato intenta explicar las relaciones de Israel con sus vecinos, Moab y Amon, que son, en cierto modo, parientes lejanos, pero, en definitiva, enemigos (cfr. Nm 22–24; Jue 3,12-14.26-30; 10,6–11,33 y oráculos proféticos). Las relaciones con estos pueblos nunca fueron cordiales. La hostilidad recíproca y el odio mutuo explican su origen maldito desde el principio: la concepción de sus antecesores se consumó con trampa, mentira e incesto. La legislación bíblica sobre el incesto se encuentra en Lv 18,6-17.
