La respuesta de Dios motiva a Jeremías a contrastar su mensaje con el de otros profetas que no predicen la guerra ni la muerte. Tajantemente, Dios califica a esos mensajeros de falsos profetas y también les anuncia los mismos males—castigos—que evitan anunciar (11-18). De nuevo, el profeta dirige al Señor una oración en nombre de su pueblo, en la que reconoce una vez más la culpa y los pecados, y se insiste en que el Dios de Israel es el único que puede rescatar a su pueblo de estos grandes males (19-22).
