El castigo va dirigido contra los descendientes de Set, hermano de Abel, supuestamente la rama «buena» de la familia humana. Esta narración se basa en un antiguo mito mesopotámico. El relato bíblico parece muy antiguo; los especialistas rastrean en el texto actual la mano redaccional de tres de las cuatro grandes fuentes del Pentateuco: la yahvista (J), la elohísta (E) y la sacerdotal (P). Esta última fue la que le dio forma definitiva y, por eso, es la que más deja sentir su influencia.
En la dinámica de los once primeros capítulos del Génesis, la narración del diluvio constituye una autocrítica de Israel, que ha fracasado, «naufragado», en su vocación de servir a la justicia y a la vida. También Israel, como pueblo elegido, se dejó dominar por la tendencia humana a acaparar y ser egoísta, y terminó hundiéndose en el fracaso. Desde esta perspectiva, no aporta ningún beneficio a la fe preguntarnos por la veracidad histórica del diluvio ni por la existencia real de Noé y su arca. Lo que importa es el mensaje que el autor sagrado transmite: el abandono de la justicia y del compromiso con la vida tiene como consecuencia verdaderas catástrofes. La fe debe crecer al mismo ritmo que nuestra apuesta por la vida y la justicia.
