Como al inicio de la creación (1,1–2,4a), Dios bendice la obra creada y, de un modo muy especial, a todos los seres vivientes (1-3), y confía a Noé y a su familia –como a la primera pareja– el cuidado de la creación. Pero hay un énfasis especial en la responsabilidad hacia el hermano (5s).
Los versículos 8-17 nos presentan la alianza de Dios con Noé. Pese a que esta narración aparece en el texto antes de que se hable de Abrahán y de la alianza con él y su descendencia (15,1-21) y mucho antes de que se hable de la alianza en el Sinaí (Éx 19–24), en realidad se trata de un texto de alianza muchísimo más reciente que los dos anteriores. Se trata de la alianza «noáquica», cuyo signo es el arco iris. La escuela sacerdotal (P), preocupada por rescatar la identidad de Israel y su exclusividad en el mundo, no puede negar que la paternal preocupación de Dios se extiende a toda la humanidad. Al cobijar a toda la humanidad bajo la alianza con Noé, la fe de Israel afirma la paternidad de Dios sobre todos los seres vivos. El signo, también universal, es el arco iris, pero Israel está mucho más cerca de Dios, ocupa un lugar destacado en su relación con Él por la alianza hecha con Abrahán, cuyo signo es mucho más íntimo, una impronta que se lleva en la carne: la circuncisión (17,10s).
Esta diferencia entre Israel y el resto de la humanidad será abolida en Jesús. En Él quedan abolidas todas las formas de división y separación entre los pueblos y los creyentes. En adelante, lo único que establece diferencias es el amor y la práctica de la justicia, la escucha de la Palabra de Dios y su puesta en práctica (cfr. Lc 11,28). Esta supresión queda perfectamente ilustrada por el pasaje sobre la ruptura del velo del templo que nos narran Marcos y Mateo tras la muerte del Señor (Mt 27,51; Mc 15,38). El mismo Pablo anuncia con vehemencia el fin de toda división y distinción (cfr. Gál 3,28; Col 3,11).
