Enmarcada en el contexto de la Alianza de Dios con su pueblo, encontramos la promulgación del Decálogo o los diez mandamientos, que buscan regular las relaciones del pueblo entre sus miembros y con Dios. Con excepción de los dos primeros, que se refieren directamente a la relación con Dios, los demás tratan de la ética interpersonal. Probablemente, en la antigüedad, los jefes de cada familia o tribu instruían a sus niños y jóvenes en estas normas sencillas. Eran formas muy simples para mantener la armonía y la normalidad en las relaciones intergrupales, recogidas más tarde y situadas en un momento y lugar definitivos para la vida de Israel: el Sinaí. Estos mandatos, propios de la sabiduría popular, se ven respaldados por la autoridad del Señor, cuyos atributos de trascendencia y temor, pero también de amor paterno y materno, de justicia y misericordia, el pueblo ya conoce. Para un israelita, acogerse a esta ley no suponía atar su libertad ni perder su autonomía; todo lo contrario, se trata de un camino, un medio para hacer crecer la libertad y la autonomía.
