Comentario.

Utilizando las imágenes que quedaron en la tradición sobre la destrucción de Jerusalén en el 587 a. C., el profeta describe los días previos a su «día final», el día de su victoria definitiva (1s). Después de los dolores y padecimientos, vendrá un cambio radical en todos los sentidos, tanto en el tiempo como en el espacio: el tiempo ya no será cambiante; será un eterno día lleno de luz y felicidad; el espacio geográfico, de por sí árido y abrupto, se convertirá en una llanura fértil, gracias a las fuentes que le irrigan tanto a oriente como a occidente (cfr. Ez 47,1-12). Son estas las bases para una ciudad segura, tranquila y en paz, gracias a la permanente presencia del Señor y sus santos en ella (3-11). Pero antes de esta era idílica, el Señor castigará a todos los pueblos y naciones que han hecho el mal a Jerusalén, sin embargo, no los aniquilará completamente. De ellos quedará un «resto» que, de algún modo, entrará en comunión con el pueblo elegido, cumpliendo, como todos, la obligación de subir a Jerusalén para dar culto al Señor (12-19). Los vv. 20s «desmontan» la exclusividad sagrada de ciertos elementos al poner en el mismo nivel cosas tan profanas como las campanillas de los caballos y los calderos de Jerusalén. Termina el libro con la constatación de un anhelo que solo Jesús vendrá a colmar: expulsar del templo a mercaderes y cambistas, porque hacían del templo un lugar profano como cualquiera (21c).

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