El v. 1 introduce, con toda solemnidad, una serie de oráculos favorables a Jerusalén y a Judá. Lo esencial de este pasaje está en el mensaje de liberación definitiva de Jerusalén, que será convertida en «copa embriagadora» (2) y en «piedra que hiere» (3), pero Jerusalén no triunfará sobre sus enemigos por sí sola, sino gracias a la ayuda efectiva de su Señor. Él mismo espantará a los caballos, asustará a los jinetes y cegará a los caballos de los paganos (4). Todos reconocerán que Jerusalén ha cobrado fuerza a causa de su Dios (5-9). El v. 10 describe la efusión del Espíritu sobre la dinastía davídica y los vecinos de Jerusalén, con el fin de introducir un pasaje de difícil interpretación. Ese espíritu será de gracia y de súplica, lo que les permitirá mirar con dolor al traspasado (10b-14). ¿Quién es ese traspasado? El contexto nos habla del mismo Dios. El Nuevo Testamento aplicará esta profecía a Jesús en la cruz (cfr. Jn 19,37).
