Es la expresión de un sentimiento de agradecimiento por la justicia. El Señor se presenta como un esposo que no abandona a sus esposas, Israel y Judá. Estas se encontraban en situación de vulnerabilidad, como viudas en tierra extranjera. En una muestra de amor por su pueblo, el Señor le perdona su infidelidad, lo libera y lo llama a huir de Babilonia (6.45-46) y regresar a su tierra en un nuevo Éxodo. Este extenso capítulo describe la venganza de Dios que cae sobre Babilonia a manos de los Medos (11). En contraste con el pueblo de Dios, Babilonia no tiene salvación ni cura. Su destrucción es total (7-9), el juicio de Dios es inminente e irrevocable (34-37). Los ídolos de Babilonia, que parecían haber desplazado al verdadero Dios, ahora son humillados (47). A modo de conclusión, lo profetizado contra Babilonia se manifiesta en un oráculo que debe ser leído en el centro del imperio y en un gesto profético que involucra al río Éufrates, la fuente de fecundidad y de vida del imperio babilónico (59-64).
