De nuevo, la razón para volver a Egipto es la misma realidad del hambre, aunque, de hecho, debería ser el rescate de Simeón, que quedó como rehén en el capítulo anterior y de lo que nadie parece enterarse. Jacob accede ante las palabras de Judá, quien se convierte en portavoz de sus hermanos. Una vez más, Jacob hace honor a su nombre, asociado a la astucia: con dones y presentes pretende ganarse al funcionario egipcio, como hizo anteriormente con su hermano Esaú.
En Egipto, la atmósfera es de temor y desconfianza; los hermanos de José temen alguna represalia por parte del enigmático funcionario. Sin embargo, los sentimientos de José, transmitidos por el narrador, están muy lejos de lo que sus hermanos creen, hasta el punto de tener que encerrarse a llorar en privado (30 s). La escena culmina con el banquete que José comparte con los peregrinos, con sus evidentes señales de preferencia por el hermano menor y con la noticia de que bebieron con el anfitrión hasta embriagarse (34).
