Aunque el libro del Levítico no está planteado en términos de una alianza, la forma en que concluye hace pensar que todo lo anterior –los preceptos y las normas– forma parte de un pacto con Dios. Toda alianza terminaba siempre con una serie de bendiciones y promesas de prosperidad por el recto cumplimiento de cada una de las cláusulas, y con maldiciones y promesas de castigo por su incumplimiento. Esa es la idea que transmite el Levítico al final de la larga serie de normas rituales y cultuales y de mandatos éticos y morales.
La motivación principal es que, si el Señor los hizo salir de Egipto, era para que caminaran erguidos (13), esto es, para que vivieran libres en una tierra próspera (4s), en paz (6-8), con un futuro garantizado gracias a la multiplicación de la descendencia (9), que tendría su sustento asegurado (10). Por encima de todo ello se encuentra la promesa de la bendición máxima: la habitación permanente del Señor en medio del pueblo, pues la obediencia hace que Él fije entre ellos su morada (11), para caminar con ellos y estar pendiente de que no vuelvan a caer en la misma situación de Egipto, situación de la cual Él mismo los había liberado (13).
