SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA

Obispo, Mártir

Ciclo del Leccionario: I,II

Introducción

Obispo de Antioquía en el siglo I, Ignacio fue arrestado y condenado a ser arrojado a las fieras. Cuando iba hacia Roma, varias comunidades de cristianos lo recibieron con suma veneración. Él se lo agradeció afectuosamente en cartas escritas durante su viaje, los animó a adherirse firmemente a la fe y a permanecer unidos a sus pastores “como cuerdas de una lira”. Y les pidió a los cristianos que no impidieran que muriera como mártir diciéndoles: “Yo soy trigo de Cristo; que los dientes de los leones me muelan, para así poder ser el pan sin mancha de Cristo”.
​Que también nosotros nos convirtamos en el pan de Cristo haciendo de nuestra vida una verdadera eucaristía.

Oración Colecta
Oh Dios, firme esperanza nuestra:
San Ignacio de Antioquía supo que, en su martirio,
se identificaba con tu Hijo Jesús crucificado.
Al igual que Jesús, fue sembrado como grano de trigo
en los surcos de la tierra.
Que crezca allí también, al morir el grano,
la cosecha abundante de una humanidad nueva.
Concede a tu Pueblo el poder seguirlo
de modo que nuestro ardiente amor
y nuestra fe profunda
lleven vida y alegría a muchos.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Oración de los Fieles

Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios, Señor nuestro:
En estos signos de pan y vino
recordamos a Jesús, tu Hijo,
que se dio a sí mismo para todos
como Pan partido y repartido,
y como vino para ser escanciado para nuestra alegría.
Danos el espíritu de Jesús,
para que nosotros también nos comprometamos
a hacer felices a los que nos rodean.
Que, como el obispo Ignacio,
estemos dispuestos a aceptar el sufrimiento
si ése es el precio que hay que pagar
para ser fieles a ti y a tu Pueblo.
Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.

Oración después de la Comunión
Oh Señor, Dios nuestro, siempre fiel:
Por su amor hacia ti y hacia nosotros,
ningún sufrimiento fue demasiado doloroso para tu Hijo,
ninguna muerte demasiado costosa
para alcanzar para nosotros vida y felicidad eternas.
Por medio de esta eucaristía, ayúdanos a aceptar
las invitaciones y los riesgos del amor.
Ayúdanos a seguir fielmente a tu Hijo
como San Ignacio de Antioquía,
viviendo no para nosotros sino para los demás.
Danos también la certeza
de que el dolor y la misma muerte no son el final
sino las semillas de un nuevo comienzo
y de una nueva vida,
en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Scroll to Top